La sorpresa. Un tiempo robado a la espera; Cecilia Lazzari

 La Sorpresa
Un tiempo robado a la espera


Para comenzar, quería compartir con ustedes las razones y las sinrazones por donde mis pensamientos fueron guiados para que hoy pueda presentar algunos retazos de ideas que han surgido a lo largo de diversas vicisitudes.
Una de ellas tuvo que ver con mi práctica clínica.
Los analistas hemos pensado bastante las cuestiones del tiempo: ¿cuánto dura una sesión?, ¿cuánto dura un análisis?, ¿qué validez puede tener un trabajo cuya lógica está comandada por el inconsciente, si lo ceñimos a un tiempo fijo de encuentro, a ese tiempo de reloj de 50 minutos?
¿Qué tiempo se da una interpretación? ¿Qué tiempo nuevo instituye el acto analítico?

La aparición de un decir, de un acto analítico, rompe con la cadencia de nuestros mecanismos conscientes. Despierta al sujeto en una sorpresa que anuda una nueva posibilidad de lectura de su padecer, de su hacer, de su historia. Nos hace pensar que el tiempo es un ordenador de vidas, pero que su ruptura permite nuevas lecturas.

Otro motivo de este trabajo tuvo que ver con situaciones que me llevaron, varias veces, a ordenar una nueva vida en mí. Estoy convencida de que tenemos varias vidas en una sola: ante situaciones donde enfrentamos lo nuevo y algo de nuestra existencia cae, volvemos a recomenzar de otro modo. Y ni hablar de la experiencia compartida en el último FACYT, sobre el COVID y la experiencia de muerte que relaté.

Entonces me pregunté por La Sorpresa, esa señora que viene de visita de pronto y nos cambia profundamente. Así que de ella hablo, y me hice preguntas que hoy comparto:

¿Quién es ella, que se atreve a despertarnos?
¿Qué busca, esa que sacude hasta las entrañas?
¿Qué le interesa a esa señora pocas veces vista?
¿Qué nos reclama con su presencia inesperada?
Esa dama sin rostro, y con guadaña,
Amiga de la muerte y sombra del tiempo,
Nos interpela desde su mundo de sombras y tempestades.

Así obliga a un despertar de la conciencia dormida.
Es la señora de negro, amiga provocadora de ese inédito despertar de lucidez en el acontecimiento inesperado. Simple, brutal, desenfrenado, poco amigable o extremadamente bello: nos ofrece una oportunidad, regala conocimiento. De uno en uno.

Porque en su brutalidad y abismal presencia pone a prueba nuestra templanza.
Y con su fuerza, irreconciliable con el tiempo de la espera —esa fuerza que irrumpe, ladrona de una existencia que demoraba—, nos ofrece pruebas de fortaleza.

Ella nos mira y nos pone a prueba en lo no esperable.
Y si no nos mata, nos produce asombro.
En eso mismo inesperado, por eso ella es amiga del asombro.
Nos toma en la vida para recortar nuestra existencia, y nos mueve a preguntas nunca formuladas. Es un corte en lo ordinario, y nos abre a otra dimensión temporal.

Ella, por fuera del hábito y del miedo, por fuera del cálculo y del tiempo de las cosas, funda —en lo extraordinario— un encuentro con nuestra inermidad, con nuestra imposibilidad de controlar todo, con nuestra diminuta existencia.

La sorpresa de la que hablo no es la del feliz cumpleaños.
La sorpresa de la que hablo es la que nos pone en relación a nuestra falta fundante y nuestra capacidad para habitar ese lugar del que solemos huir.

De allí salimos con frases como:

“Yo nunca pensé que sería capaz”,
“Nunca pensé en estas posibilidades”,
“Nunca creí que algo me destituyera en la vida”,
“Nunca pensé que a mí me podía pasar esto.”

Es la que hace que el teatro de la vida detenga su escena, suspenda su respiración, nos deje en un asombro sin medida.

Al principio de su obra Metafísica, Aristóteles afirma que la filosofía comienza con el asombro. El asombro marca, inicia y decide. Sin asombro, no se llegará a parte alguna: eso es la apatía. Nos asombramos porque somos ignorantes. Si supiéramos lo que nos asombra, no nos asombraría. Por eso, asombro e ignorancia son como dos caras de la misma moneda.

Y esta señora Sorpresa de la que escribo es su provocadora.
La sorpresa, ese inmiscuirse de lo real, provoca un asombro que divide al sujeto, y hace de la presencia cotidiana un saber que alojará la falta.
¿Qué quiero decir con esto?

Que la aparición de lo que sorprende —sea accidente, pérdida, vacío, giro inesperado, corte brutal, lo que irrumpe sin que lo pensemos— nos pone la vida en manos de algo absolutamente nuevo.

Y ese nuevo nos eleva a otra dimensión de la existencia:
Una donde el asombro nos confronta con nuestra vulnerabilidad,
nos hace saber de nuestra impotencia,
nos recuerda que no podemos controlarlo todo.

Desde esa inermidad, desde ese asombro, buscaremos comprender y alojar la nueva realidad que nos habita.
Y, sin embargo, esa loca que llevamos dentro —la Mente—, y su aliada, la conciencia cotidiana, intentarán volver al campo conocido.
Aun sabiendo que ya es imposible.

Porque la sorpresa ordena nuevas lecturas del mundo, y de nosotros mismos.

La Sorpresa —el acto, la acción, la situación que la desencadena— provoca una muerte del tiempo.
Es un momento donde uno puede decir: “el tiempo se detuvo”.
Y son escenas asfixiantes, sin aire, sin espacio.
Eso le pasa a todo el mundo. Uno lo ve en análisis:
Situaciones en las que el sujeto no sabe qué hacer, ni dónde ponerse.

La sorpresa de lo desconocido, de lo impensado, de lo nuevo, nos recuerda que todo tiene un final. El final de los vínculos, de los modos en que veíamos la vida.
El final de las cosas nos interroga.

¿Qué significa dejar entrar el final de las cosas?

La sorpresa de enfrentarnos a lo imposible de pensar nos exige desalojarnos del lugar que habitamos.
Y entonces comenzamos a pensar otras cosas.
A veces, la sorpresa es colectiva. Estamos en cambios sorprendidos sin comprender del todo qué nos sucede.

El mundo da muestras de ello.
El estado de bienestar ha terminado.
Hace muchos años lo sabíamos, pero no lo habíamos concretizado.
Ese mundo al que se expandió el Psicoanálisis, bajo el abrigo del bienestar, ya no existe.

Y así, todo nos interroga.
La falta de cobijo, el maltrato como forma de lazo, la pérdida de modos.
Lo sorprendente, hoy, es la falta de respeto y de modales incluso en lo más alto de las instituciones.

Y sin embargo, seguimos.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta el final?
¿Hay final en la enseñanza? ¿En la formación?
¿Hasta el final de nuestros ahorros?
¿Hasta el final de una medicina que ya no puede curar?
¿Hasta el final de la conciencia que ya no cuida?

Creo que contamos hoy con una aptitud que se ha hecho imprescindible:
La Aptitud de Volver a Comenzar.
Deshacernos de lo conocido, aprender de lo nuevo, habitar el cuidado como forma de encuentro.

Esto es una posición ante el progreso de la vida, y me atrevo a decir, ante el progreso del Psicoanálisis.
Porque es lo que me atañe, en la pequeña cuota de aporte a la salud mental que me toca sostener.


Para poder compartir desde otras perspectiva actual 

¿Qué nueva ocasión para volver a comenzar
cuando la Sorpresa se presenta y desacomoda?
¿Qué hacemos con eso que no cabía en nuestras formas?
¿Cómo alojamos lo inesperado?
¿Cómo se hace lugar a lo imposible?

Volver a comenzar no es hacer borrón y cuenta nueva.
No es olvidar.
Es, por el contrario, incluir la herida, alojar la pérdida, respirar el dolor,
y aún así, hacer con eso.
Hacer con eso algo nuevo.

Eso es volver a comenzar.

No hay protocolo para el asombro.
Nadie puede enseñarnos qué hacer cuando algo irrumpe.
No hay método, no hay sistema.
Pero hay disposición.
Hay presencia.
Hay decisión.
Y también, hay temblor.

La Sorpresa es la que separa el tiempo en un antes y un después.
Y esa línea, que en lo real no existe, en la experiencia se marca a fuego.

Lo sabemos quienes hemos estado ahí,
quienes pasamos por el umbral del no saber,
quienes vimos desarmarse una vida en cuestión de segundos
y tuvimos que recoger los restos
para, si era posible, construir otra.

Quizás con menos certezas,
pero con más verdad.
Con menos palabras,
pero con mayor potencia.

Por eso me interesa tanto pensar en la Sorpresa como un acto político.
Porque la espera —esa espera regulada, normada, domesticada—
es la que impone los ritmos del mercado, de la producción, de lo previsible.

Pero lo que sorprende irrumpe en esa maquinaria,
la desarma, la desmonta,
y nos devuelve algo más próximo a lo vivo.
A lo que no se puede controlar.
A lo que no se puede predecir.

Y ahí también hay política.
La política de lo imprevisible.
La política del acontecimiento.
La política de lo que aún no ha sido dicho.

Como analistas, como trabajadores del alma humana,
estamos ahí, en ese intersticio,
cuando lo sorprendente cae sobre un sujeto y no encuentra palabras.
O cuando las encuentra, pero no sabe aún qué hacer con ellas.
O cuando no hay palabras, pero sí hay acto.

Y entonces, también para nosotros, la práctica se reinventa.
El lazo con el otro se redefine.
El amor se reformula.
La escucha se afina.

Porque la Sorpresa también nos exige a nosotros.
Nos quita certezas clínicas.
Nos saca del confort de las teorías ya sabidas.
Nos lleva a esa zona donde la única brújula es la presencia.
La única orientación, el deseo.

Y si hay suerte —y hay trabajo—,
de esa zona nace algo nuevo.
Algo que no sabíamos, que no esperábamos,
y que sin embargo estaba allí.

Como ese verso de Rilke que dice:

“Quizás todo lo terrible sea, en lo profundo, algo indefenso que quiere nuestra ayuda.”

Quizás, también, lo terrible que nos sorprende
no venga a destruirnos,
sino a movernos.
A decirnos:
despierten, hay algo que aún no ha sido vivido.

Eso quería compartirles hoy.
Un pensamiento, una vivencia, un intento de poner palabras
a aquello que, en rigor, no las tiene.

Una meditación sobre la Sorpresa
como forma de aparición de lo real,
como oportunidad radical,
como acto político,
como entrada al asombro,
como caída del tiempo,
y como nuevo nacimiento.

Gracias.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El poder como autor: relato y conspiración en la literatura argentina; Marcelo Gobbo

Llegarán a tener aparato psíquico los robots con inteligencia artificial?; Sonia Malah

La belleza de nuestro planeta vivo; Fernanda García Belardi