La belleza de nuestro planeta vivo; Fernanda García Belardi
La belleza de nuestro planeta vivo
“Gaia, en toda su potencia simbiogenética, es inherentemente expansiva,
sutil, estética, antigua y exquisitamente resistente” (Lynn Margulis en Planeta Simbionte)
Tierra, “ese punto azul pálido (…) es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica (…) es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida”, describe Carl Sagan a partir de la imagen tomada por el Voyager I en 1990. Tierra - Gaia no es una idea inocente, más bien es controversial y multifacética. Como personaje mitológico, es la gran potencia creadora y destructora de los comienzos. Como arquetipo, es la Madre Naturaleza con su rol dador y destructor de vida. Para la ciencia aún es una controversia, a veces bien ponderada otras tantas rechazada. En la década de los 70, James Lovelock formula la hipótesis de Gaia que considera a la Tierra como un superorganismo, como una trama de acontecimientos singulares, locales, no lineales, entre procesos sistémicos que mantienen las condiciones ambientales para la autorregulación de la vida. Lynn Margulis comparte esta visión de Gaia y aporta su teoría de la Endosimbiosis seriada, que describe el paso de las células procariotas a eucariotas mediante la simbiogénesis bacteriana. La simbiogénesis es generativa de vida y ha sido uno de los tantos procesos que permitió la diversificación de la vida planetaria.
En Gaia habitamos mundos simbióticos, co-evolutivos y simpoiéticos que hilvanan y enlazan redes de vida. La simpoiesis permite entender que los vivientes, humanos y no humanos, se “generan-con”. Como dice Donna Haraway: “nada se hace a sí mismo, nada es realmente autopoiético (…) la simpoiesis es una palabra para configurar mundos de manera conjunta” (pp.99). Los arreglos simpoiéticos se generan a partir de encuentros y enredos colaborativos, con distintos grados deacoplamientos entre diversas corporalidades, que abarcan desde las células, los organismos y los ensamblajes ecológicos. Giraldo & Toro (2020) plantean que los encuentros y ensamblajes no son azarosos ni predeterminados; conforman una maraña de senderos e hilos entrelazados, un nudo de multiplicidades en sus devenires, habitando junto y con otros. En tanto, Coccia (2017) afirma “todo en el mundo produce mixtura y se produce en la mixtura” (pp.72). En los encuentros entre distintas corporalidades no hay límites definidos que indiquen donde empieza un organismo y termina el otro. Hay una mixtura de enredos, texturas, gestos y alianzas entre devenires. Hay una danza entre especies, entre reinos, que hacen florecer la vida a lo largo y a lo ancho de la Tierra.
En Gaia, habitamos mundos de sensibilidad estética que se vuelven porosos al contacto de los cuerpos; como plantea Katya Mandoki (2015) la estesis es “la receptividad, lo abierto al entorno, lo sensorial a cualquier escala” (pp.16). En el mundo viviente, hay un despliegue de patrones estéticos que cumplen un papel vital en la viabilidad de las especies y son el resultado de procesos evolutivos. La simetría en las alas de la mariposa o en los pétalos de una flor, la forma hexagonal de las colmenas o de las células epidérmicas de las plantas, la espiral en la filotaxis o en la concha de un molusco, son algunos ejemplos. Las simetrías, las proporciones y la armonía en las formas, están lejos de pasar desapercibidas; pueden convertirse en poderos artilugios, máscaras o dispositivos para la reproducción, la defensa o la alimentación. A su vez, no deben entenderse de manera aislada, sino también en el entramado de sonidos, olores, colores, vibraciones, movimientos, contornos, texturas que los organismos despliegan cuando se corporizan junto y con otros. Como dice Étianne Souriau (2022) “la vida en su actividad conlleva un arte oculto y profundo” (pp.20); donde los vivientes pueden ser la obra, el artista y la vida al mismo tiempo.
Gaia se metamorfosea en sus singulares ciclos de vida-muerte-vida, con sus ritmos e intensidades. Lo vegetal, lo animal, lo fúngico y la miríada de microorganismos habitados por sus propias metamorfosis, con un pasado ancestral que los conecta y los despliega hacia el futuro. Como afirma Coccia (2021) “Todo viviente está en continuidad con lo no-viviente, sino que también es su prolongación, su metamorfosis, su expresión más extrema” (pp.13)
La vida de las mariposas no deja de sorprenderme por la belleza que se revela ante cada transformación. Como en toda metamorfosis, su potencia anfibia emerge en cada umbral hacia una nueva forma. Una vida común atraviesa al capullo, a la oruga y al imago como condición permanente para prolongar su existencia en distintas formas consecutivas. Cruzar el umbral entre un estadio y el siguiente, percibir el dolor de la transformación en el cuerpo, envejecer en un tiempo y rejuvenecer en el siguiente, abandonar el pasado juvenil, alojar el presente de la muda, eclosionar hacia un futuro incierto. Un ciclo de potentes repeticiones cambiantes que conserva su potencial metamórfico como hilo vital. Devenir mariposa. Migrar en el vuelo hacia el encuentro con la flor.
Las flores son la manifestación más bella y fugaz de la metamorfosis de las plantas; un despliegue de fuerzas para expresar y prolongar su existencia. Goethe en su poema “La metamorfosis de las plantas” integra fragmentos dispares de la Naturaleza en un lenguaje poético para buscar una unidad inherente al mundo vegetal. Todo radica en los cambios paulatinos en la apariencia de la hoja. Un sólo órgano se metamorfosea en seis ritmos de contracción y expansión. “Así se cierra el ciclo de energías eternas, en tanto que otro nuevo vincúlase al anterior”, dice el poema. Ciclos de repetición, de despliegue e interiorización, en un retorno del tiempo.
Cuando las flores se abren al mundo, hacen un despliegue de su sexualidad, para atraer y encadenarse a otros mundos. “La flor es la mariposa encadenada a la tierra, la mariposa es la flor liberada por el cosmos” afirma K. Arman. La volatilidad de las esencias florales llega como una poderosa fuerza de atracción; una oportunidad para la mariposa que sobrevuela las corolas florales. Allí están las flores ofreciendo su color, su aroma, su sabor. Allí están las mariposas seducidas por ellas, para saciar su apetito y entregar en su vuelo el polen a otra flor. Allí enlazadas, sin límites entre unas y otras, en íntima cooperación. Cuando la flor se vuelve receptora a la alianza; la mariposa despliega su lengua enrollada sobre el pistilo y comienza a libar el néctar, su elixir vital. Su vida peregrina migra de flor en flor para dejar su huella entre cada polinización. La vida de una y otra en su propia continuidad, en plena cooperación, en su devenir otra.
Como dice Goethe “La naturaleza inventó la muerte para tener vida en abundancia”. La lenta descomposición del mantillo de hojas hace de la muerte algo vital con sus ritmos temporales y sus espacios reservados en plena oscuridad. Bajo el suelo, todo acontece y nada detiene la lenta descomposición. Una mixtura de cuerpos entrelazados en su potencia metamórfica. Invertebrados detritívoros, hongos y bacterias; un mosaico de diversas formas de vida está listas para la acción degradadora. Habitantes subterráneos que hacen que todo se vuelva humus. En esos microbosques de compostaje se tejen alianzas multiespecíficas y algo novedoso ocurre cuando emergen las formas fúngicas.
Un mundo sin descomposición sería un mundo de acumulación planetaria, toneladas de desechos sin la oportunidad de ser degradados y transformados en materia necesaria para la continuidad de la vida. Los hongos habitan alianzas enredadas bajo el suelo; a veces sobre la superficie asoma el micelio fúngico pero ese cuerpo se expande bajo el suelo, como redes ocultas de innumerables hilos que forman una trama polimorfa de hifas entrelazadas. Algunos hongos enredan sus microscópicas hifas con las raíces de plantas, formando las micorrizas; en esos mundos subterráneos la colaboración y el intercambio invita a la conexión entre diferentes formas de vida. Todo es humedad, como un claro anuncio a la emergencia de la fructificación, la manifestación visible que pronto revela la identidad del hongo. Las formas, con sus colores y aromas singulares, quedan al descubierto. Algunas son alimento de la tierra, lista para su cosecha; otras un veneno letal para los comensales. Pronto esa fructificación se dispone a dispersar sus esporas para asegurar su continuidad en los mundos subterráneos.
En Gaia, las historias de vida hilvanan otras historias. Haraway afirma “quienes cuentan historias de Gaia son aquellos que rehúyen los dudosos placeres de las tramas trascendentes de la modernidad y la división purificadora de sociedad y naturaleza” (pp. 74). En las ontologías dualistas, una tajante división separa los humanos de los no humanos, predomina una visión externalista, colonial y antropocéntrica de la Naturaleza, que considera los cuerpos como una propiedad, la tierra como un recurso y la vida como una mercancía. Por ello, es necesario encaminarse hacia otras ontologías relacionales que nos conecten a los entramados de vida para emerger hacia otras sensibilidades y despertar otras percepciones. Son tiempos de co-habitar las polinizaciones, las humosidades o las metamorfosis y así crear futuros más vivibles inmersos en esta urgencia planetaria.
La vida humana y no humana
en su lenta metamorfosis
deviene en humus.
Es tiempo de volver a Gaia
resonar con ella para
compostar otras historias.
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