La Pintura como adverbio de tiempo; Mariana Serra

 La Pintura como adverbio de Tiempo

Diez años atrás, un coleccionista que visitaba con frecuencia el taller para comprar obra, mientras recorría los bastidores y hablaba sobre la reciente pérdida de su padre y el paso del tiempo, pensó en voz alta: ¨al menos a ustedes no les debe preocupar que pase el tiempo porque hacen lo suficiente para que los recuerden cuando no estén¨. No respondí. No supe.  Detrás de su afirmación la idea sugestiva era que la intención como artista se resumía en hacer producción para vender y, en el último de los casos, dejarla como certificación de existencia, como si con eso nos bastara para desentendernos del peso que supone el paso del tiempo. Algo de eso que viene más de afuera que desde dentro del artista y es qué sentido tiene lo que hacemos. 

¿Realmente mi trabajo es solo un artificio para detener y perpetuar egoístamente la existencia?   ¿Será que los habitantes de ese Universo que desde fuera se ve algo extravagante y pomposo empeñamos nuestro tiempo movidos por el deseo de inmortalidad cargada de ego?

Aunque a sus palabras siguió el silencio, fueron un poco como la piedra arrojada al espejo de agua. Su onda expansiva llegó hasta este mismo verano cuando volví a ver una de mis películas favoritas.  El plano muestra a Marion bajando del cielo raso en el que deambula en zapatillas de ballet y abatida, porque una vez más su tiempo se suspende y con él, se pierde toda ella, recita una frase que impacta como si viera la escena por primera vez. Detengo la imagen, busco el cuaderno y aunque no se bien por qué, la escribo: ¨…el tiempo lo cura todo. ¿Y si la enfermedad fuese el tiempo? Como si hubiera que encorvarse para vivir¨. No fue más que escucharla y sentir la punzada.

Hoy, que para cuando les comparta estas palabras ya será ayer, sentada frente a al escritorio vuelve la conversación con aquel cliente se entremezcla con las palabras de Marion en el cuaderno y brota la epifanía. La voz imaginaria que se lee susurra a los dedos y aunque dos lustros después, ordeno una secuencia de emociones y sentido. ¿Fuera de tiempo?  ¿Qué es el tiempo? ¿Cuánto mide un tiempo? 

Si hablamos de medir distancias, el sistema Métrico es el más utilizado a nivel mundial, aunque en ciertos países, compite su uso con el sistema Imperial. 

Un metro es más largo que una yarda. Una pulgada son 2,54 centímetros. 

Cada país tiene su moneda de cambio. No vale lo mismo un Dólar que un Naira. Aunque hiera recordarlo, no todos los seres valemos lo mismo en este mundo.

En cambio, si buscamos la definición de tiempo el diccionario de la Real Academia Española dice: Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo.

Una hora tiene sesenta minutos y tres mil seiscientos segundos en cualquier lugar de nuestro planeta. Podríamos afirmar que, sujeto a esto, una hora tiene el mismo peso físico y ocupa el mismo trayecto de espacio en cualquier circunstancia y geografía. Que una hora sigue siendo una hora si la pasamos del lado de afuera de una Unidad de Cuidados Intensivos que si la pasamos dentro. Que una hora seguirá siendo la misma hora si damos un paseo por jardines de lavandas húmedas que si estamos en un sótano. Una hora en el dentista mide lo mismo que una hora abrazado a la persona amada. Mide igual en el Impenetrable sin agua que dejando correr las canillas abiertas en nuestras casas. Algo desconocido que me habita desde aun antes de saberlo, se niega a aceptar que la existencia se cuente con un sistema lineal de acumulación de números porque si el tiempo es eso que puede leer un reloj en espacios que se miden en horas minutos y segundos, los tiempos corren el riesgo de ser todos iguales. Si el tiempo es eso que se divide en pasado, presente y futuro, podría significar no encontrar dónde habitar los sentimientos que existen por fuera de esos tres estadios. Acumular trayectos que podrían medirse tan sencillamente, se convierte en un laberinto donde todo puede volverse liso, donde puede ser tan parecido un día con el otro, donde podría correr el riesgo de olvidar no solo aquello que aconteció, sino como es sentido. Adoptar la idea de un tiempo en tres tiempos empuja a establecer de manera determinada que una cosa fue, es y será, siempre divisiblemente. 

Desde el nacimiento aprendemos a uniformarlo de una manera que puede ser compleja de comprender para los que no podemos caminar las estructuras.

Al tiempo universal lo observamos como a una fantasía diáfana imposible de tocar y olvidamos los detalles palpables, porque hay que limpiar las capsulas para los tiempos nuevos y así sucesivamente.

Se habla de él como si se supiera lo que es. Se lo espera cuando no se sabe que esperar. Se lo mide porque no se lo puede contener. Lo contamos desde la ausencia. Al que vendrá alcanza con llamarlo ilusión. Del ahora nos desentendemos porque nos urge la necesidad de seguir corriendo para cumplir con el dictado de las agujas. 

La idea de tiempo como remanso y antídoto a la vez que también puede ser la enfermedad, es un hábitat frecuente en el imaginario colectivo. ¿Qué sentimos cuando pensamos el tiempo?

Lo percibimos demasiado lento, escandalosamente volátil. Burdamente Insuficiente, pesadamente demasiado. Su paso nos enferma. Y cuando nos quedamos sin fundamentos, le otorgamos el poder del olvido y así tal vez nos cure de lo que nos duele. El tiempo pareciera serlo todo, pero lejos de nosotros mismos.

Entonces, el arte. 

Equívocamente representa simplemente una escena. El hecho artístico conforma una bitácora. Un registro contundente de nuestro sentir y marcar el tiempo, que, aunque recuerde, gravita en el presente. Que, aunque añore, se puede tocar.

Hay algo que tal vez el artista comprende y es entonces cuando surge la noción de que sí existe algo que nos unifica, aunque dista de ser la esperanza de ser recordados.

William Turner, uno de los grandes maestros de la pintura, era apenas un niño cuando queda huérfano de madre y para no dejarlo solo, su padre lo lleva a la barbería donde se ganaba el sustento. Allí pasó su infancia viendo la misma calle de su Londres natal atravesada por la neblina que solo modificaba su densidad por los cambios en la luz del día.  En la obra que desarrollaría a lo largo de su vida logra replicar la técnica de la acuarela en el óleo y la luz en sus trabajos se percibe vaporosa. ¿Cuánto tiempo le llevó extrañar a su madre?

Van Gogh escribió a Theo pidiendo con urgencia colores específicos para plantaciones antes de que se modifique su morfología. A la luz del sol de ese otoño particular, algo imantaba la belleza en su alma e imperaba contenerlo. 

Gyula Kosice a los cuatro años deja su Eslovaquia natal y llega con sus padres en barco a este fragmento de tierra. El tiempo que duró la travesía, el pequeño Gyula lo pasa mirando la inmensidad desde un ínfimo ojo de buey. Ya nacionalizado argentino dedicó su vida a la escultura en placa acrílica, agua y luz. Creó ciudades que no cabían ni en el cielo ni en la tierra: existían suspendidas en el ir y venir de la luz y el agua. ¿Cuántas horas su vida transcurrió mirando la luz en el mar? 

Podría citar a muchos otros artistas, pero a todos les faltaría el respeto por hablar de lo que apenas sospecho. Asumiendo mi ignorancia, hablo de lo poco que conozco certeramente. Como dijo Nisargadatta ¨Cuando usted sabe que usted es, el mundo es, si usted no es, su mundo no es¨. No recuerdo instantáneamente cuantos años tengo, para responder mi edad necesito pensar unos segundos y contar.  Las citas, los cumpleaños, los números de los días se intercambian con los números de los meses y los de las calles. No recuerdo el tiempo convencional. En cambio, guardo el registro nítido de como olía la mezcla de café y colonia para después de afeitar cada mañana mientras jugábamos los hermanos y daba el sol sobre la medianera. Como flotaban los días cuando los veranos desaceleraban su intensidad y los ciruelos todavía ofrecían fruta en los fondos de esa casa que parecía inmensa y hermosa. El sabor en la boca de las moras antes de Navidad, cuando subida a la mesa del patio elegía las más nacaradas porque resultaban ser las más dulces. Como olía el libro que fuimos a comprar el día que cumplí tantos pocos años que los podíamos contar con los dedos de las manos. El sonido latoso de la radio siempre encendida. El nido en la panza antes de salir a jugar al Cigarrillo 43. La entrada de nuestra casa, el sol entre las ramas del Jacarandá. La primera vez que nombraste mi nombre. Como sentía en el alma que las letras en tu boca nombraban algo que parecía verdad.  

¿Cuándo empieza el pasado? ¿Cómo saber que todavía es presente? En el cubículo que no es ni de carne ni de huesos entre la garganta y el vientre, se acuna el cuarto estadio del tiempo.

Entonces, la pintura.

Acrílicos, lienzos, papeles, lápices, acuarelas, tintas, crayones, saquitos de té. Cascaras de cebollas. Todo sirve para nombrar y marcar tiempos.

Prefiero medirlo en acuarelas. Una lámina puede demorar en secar lo que demora el sol en atravesar la terraza, aunque si son épocas de humedad en la ya de por sí húmeda Buenos Aires, puede tomar un recorrido de sol y uno de luna. Trabajar con esta técnica conlleva un espacio particular. El pigmento diluido en el agua, conforma una mancha con transparencia. Para obtener un color potente, se debe bajar la cantidad de agua, pero de ninguna manera puede ser trabajada sin ella. El papel, recibe dosis de líquido que roza lo absurdo. Mezclar ambos elementos, a primera vista no sugiere una buena idea. Sin embargo, invita a meditar y comprender: El pliego cuando se lo moja se debate entre morir en la pulpa de su molécula debilitada por los embates del pincel, el agua y la pintura o entretejer con ellos mismos una estructura basada en la certeza de la vivencia presente. Ciertas veces el papel más endeble puede volverse resistente. La diferencia entre perderlo o que se vuelva un soporte vital, solo dependerá de conocer su propio tiempo. 

Todo va dejado su cicatriz en el cuerpo que también es bastidor, que no sabría transcribir en años y cuento en mil setecientas doce acuarelas, ciento treinta y siete bastidores.  Setecientas láminas de acrílico sobre papel, tres pomos enteros color Índigo. Perdí la cuenta de otros colores. Han pasado cuatro mil setecientos breves ratos de sol pleno, el de verano y el de invierno. Trescientos veinte mililitros de lluvia. Dos mil quinientos espacios de luna, cuatrocientas canciones de los pájaros del árbol de enfrente que todavía cantan en la ciudad y dos mil cien fragmentos de cielo nublado. Más de cien mil caracteres en textos chuecos. Para marcar los detalles de la existencia, dejo vivas las manos y van goteando manchas que crean surcos, pendientes, caminos y desiertos. Especialmente desiertos. Cuando la noche es inmensa desgrano su voz y su clavícula errante porque la ausencia lo vuelve incierto. Ajeno. Ni siquiera su silencio esquivo es negro. Es índigo. Entonces van pariendo solas las escenas abstractas que señalan el momento. Son artimañas para no perderlo.

Deleuze ha dicho que el artista continúa toda su vida generando obra sin importar dónde terminen ellas, porque tiene certezas vulnerables, certezas que son fechables.

Fechamos con simbología lo que nos parte como un rayo, aunque sea la muerte de un árbol que jamás conocimos, la neblina de la orfandad o la incertidumbre danzando con la luz en el océano.  

Somos atravesados por lo que nos pasa y lo hacemos consciente. Es ahí donde radica la diferencia en como contamos y registramos los artistas el tiempo.

Lo configuramos cambiando los trazos, las paletas, las intensidades, los temas, las técnicas, los soportes y de eso decantan las series que bautizamos a veces más abstractas y otras menos, dependiendo de la urgencia.

El arte no nace para comunicar, aunque muchos esperan encontrar un mensaje oculto entre garabatos y manchones. Con nuestros trabajos buscamos resistir.

En la partícula de vapor, en las copas de los árboles, en las gotas de acuarela y agua, en cualquier expresión, el artista en su obra señala el tiempo que no es pasado, ni presente ni futuro, sino todos los tiempos a la vez. El cuarto estadio.

No era ego. Puedo asegurar que no tengo interés en seguir viviendo una vez que mi cuerpo haya muerto. No era pintar o recortar papeles para que algo mío sea eterno. ¿Para qué intentar serlo? Lo que impulsaba y sigue empujando, es eso que vemos como una abstracción que no podría contar en un ábaco siempre igual porque es un continuo devenir que va fluctuando, aunque nunca termina disuelto. Un sentir que no desaparece y no se lo puede ubicar en el tiempo universal. Que no está constituido con engranajes, pilas, cuerdas, números. Está organizado en cilindros de tela y metros de pliegos. Que tiene aguadas penetrantes, azules cenicientos, rojos de atardecer, verdes de campiña que recuerdo, aunque nunca he visto. Que tiene acuarelas que pinto a veces cuando los ojos están lloviendo. Parches de tardes, noches como jilgueros, mientras se mezcla lo vivido y algo lo que se inventa. La vida también tiene eso. Pintar para existirlo más que en sí mismo. Solo eso. Los pinceles toman instantes que se cosen en medio de los pigmentos y escriben líneas indescifrables donde se marcan los sonidos y los acontecimientos, el perfil afilado, la carne llena de huesos, el latido en las pupilas, los caminos intrincados de la palabra a medio decir, los ríos eternos, un brillo en la mirada casi perfecto y un díscolo tic tac en cada silencio que se llama como tu nombre. La Real Academia insiste en que eso se llama tiempo y se puede contabilizar. 

Pintamos para resistir la curvatura que nos dibuja en la espalda el peso que marca una forma monótona de transcurrir. ¿Qué sentido tendría encorvarse para caber en un tiempo cuando cada uno de nosotros mismos somos todo el tiempo que tenemos?  

No es la enfermedad ni tampoco el enfermero. No hay nada que curar en aquello que no fue, eso, también tiene su acierto. El artista no espera ser salvado de nada, ni que nos libre la mano que evita el dolor. Es una forma de habitar. En la bitácora se conserva el pulso nítido de las formas y tonalidades, la belleza y el ardor. Como tintinean los destellos de las estrellas las noches que no dejó de salir el sol. Esos tiempos cuando soñábamos, aunque no tuviéramos sueño. Resistir a que el tiempo sea un enemigo que nos suprime el alma para caber en algo tan llano, tan huérfano como el acero de las agujas que galopan un camino incierto. No hay peor olvido que el de quien estamos siendo. Resistir no es igual a rebelarse. Ninguno de nosotros llegará antes, aunque lo intentemos. Sólo jugamos a las escondidas en nuestros trabajos. Un brazo plegado sobre la pared de la vida y abrimos los ojos para contar. No importa en qué momento, frente a la obra tenemos destellos de certezas y bajamos una y otra vez al mismo río y en lo que vive un relámpago, seguimos siendo ese mismo ser suspendido en una espora particular que sigue siendo un ahora donde viven ayer y mañana. Aunque podamos transmutarlo, aunque sepamos que ya no somos esos, resistimos. Guardamos todas las horas que contiene un tiempo. Y siguen existiendo las ciruelas frescas, las promesas cumplidas, las manos enlazadas a su voz.  Hasta que un golpe leve como el parpadeo de una golondrina nos despierta. En ese segundo que todos podemos comprender como humanidad, tenemos al menos una convicción: No nos hemos fallado. Nos arriesgamos a no ser salvados por el olvido de nuestros sentimientos solo porque lo impone el uso del tiempo. No nos hemos encorvado para vivir. Y eso ni el mismo tiempo nos lo podrá quitar.


Referencias:


www.rae.es


¨Wings of Desire¨ film, 1987


Gilles Deleuze – Pintura – El Concepto de diagrama. Editorial Cactus


Maharaj Nisagadartta – Antes de la Conciencia


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