El transcurrir y la noción de trascendencia. Una mirada desde la ciencia; Jorge E. Graziano
EL TRANSCURRIR Y LA NOCIÓN DE TRASCENDENCIA.
Una mirada desde la ciencia
RESUMEN
Desde los tiempos del ser humano primitivo, la curiosidad por los fenómenos observados ha estado presente. Inicialmente, estos fueron explicados desde una perspectiva mística, pero con el tiempo, y gracias al desarrollo del lenguaje y la adopción de símbolos en la escritura, comenzaron a surgir interpretaciones más empíricas. Estos avances no solo permitieron conectar con pensamientos abstractos, sino que hicieron posible la transmisión del conocimiento a otras generaciones, impulsando así una evolución constante hacia niveles superiores de comprensión.
El uso de símbolos fue clave en el surgimiento de las ciencias, especialmente por su capacidad para representar ideas complejas y permitir predicciones precisas sobre el mundo natural.
A lo largo del tiempo, los pensadores pasaron de ser polímatas, con saberes enciclopédicos, a especializarse en áreas del conocimiento específicas. Esta especialización permitió estudiar con mayor profundidad conceptos complejos, como el del tiempo, particularmente desde disciplinas como la física y las matemáticas.
Desde Aristóteles hasta el Renacimiento, con el surgimiento de la física clásica de Galileo y Newton, y desde la revolución cuántica y relativista impulsada por Planck y Einstein hasta las investigaciones actuales sobre el entrelazamiento cuántico, hemos sido testigos de un desarrollo sostenido en la comprensión del tiempo. Sin embargo, este conocimiento sigue atravesado por los grandes misterios del origen y la creación, que aún desafían nuestras capacidades intelectuales.
LA OBSERVACIÒN DEL MEDIO CIRCUNDANTE Y LAS PRIMERAS IDEAS
Durante la Edad de Piedra, los seres humanos pasamos de ser cazadores-recolectores nómadas a establecer pequeños asentamientos permanentes, lo que dio origen a las primeras formas de agricultura y ganadería.
Gracias a los métodos modernos de datación, sabemos que la Edad de Piedra abarcó un extenso período de aproximadamente 2,5 millones de años. Sin embargo, el sedentarismo comenzó hace apenas unos 12.000 años, coincidiendo con el final de la última glaciación, que había cubierto grandes zonas del planeta con hielo.
A partir de ese momento, cuando las condiciones de supervivencia mejoraron y la comunicación entre los grupos y tribus primitivas se volvió más directa, comenzaron a surgir ideas sobre el uso de los recursos, los fenómenos naturales y formas de mejorar la calidad de vida. En un lapso evolutivamente breve, la humanidad transitó de la prehistoria a la historia, gracias al desarrollo de registros más precisos y sistemáticos.
Seguramente, el miedo, la curiosidad y la necesidad se combinaron para dar origen a nuestra cultura del conocimiento: primero a través del misticismo y las creencias, y más adelante mediante la observación y la validación empírica.
LOS HUMANOS, UNA ESPECIE DIFERENTE
La adquisición del lenguaje, las habilidades manuales, la postura erguida y el desarrollo del cerebro más complejo conocido son características que han convertido al ser humano en una especie capaz de transformar la naturaleza, utilizando sus recursos para construir lo que hoy llamamos civilización. Sin embargo, existe una característica quizás aún más trascendental: la toma de conciencia de nuestra propia existencia y la incorporación, en la cultura, de la noción de trascendencia.
Es probable que los primeros pensadores no fueran plenamente conscientes de que los símbolos y dispositivos elementales que utilizaban estaban sentando las bases de futuras disciplinas como las matemáticas y la física. Estas ciencias comenzaron a consolidarse a través de la observación y la predicción de fenómenos naturales. En ese proceso, el ser humano empezó a representar el paso del tiempo mediante instrumentos rudimentarios, lo que posteriormente permitió desarrollar cálculos apoyados en símbolos y sistemas de notación.
Con el tiempo, los pensadores evolucionaron: de ser polímatas con saber enciclopédico pasaron a especializarse en campos específicos del conocimiento. Esta especialización permitió que nociones complejas, como la del tiempo, fueran abordadas con mayor profundidad desde disciplinas como la física y las matemáticas, ya consolidadas como ciencias formales.
LA NOCIÒN DE TRASCENDENCIA
La noción de trascendencia hace referencia a la posibilidad de alcanzar un estado superior de conciencia, conocimiento o existencia. También implica la búsqueda de un propósito más profundo, que trascienda la realidad cotidiana. En este contexto, se adopta este sentido amplio del término, aunque se reconoce que, en el ámbito de la teología, la trascendencia se asocia con la aceptación de un Dios o divinidad que se encuentra más allá de la comprensión humana.
La incorporación del concepto de trascendencia en la reflexión sobre el tiempo responde al hecho de que, históricamente, las observaciones, el conocimiento empírico y el desarrollo científico han estado acompañados por la presencia de creencias en entidades superiores, denominadas dioses. Esta convivencia entre la fe y la razón ha generado, a menudo, una tensión, pero también una complementariedad en la búsqueda de sentido.
Las religiones hallan sosiego en la fe, mientras que la ciencia avanza mediante teorías que son constantemente desafiadas y refinadas, en un proceso que quizá encierre también la aspiración a un estado superior de comprensión.
La realidad, sin embargo, sigue siendo compleja: continuamos enfrentando la angustia existencial que supone sabernos conscientes y finitos. En el fondo, vivimos nuestras vidas apoyándonos en diversas columnas - lo místico, lo mundano y lo científico - que se entrelazan para sostenernos en esa búsqueda incesante de significado.
LOS ORÍGENES DEL CONCEPTO DE TIEMPO Y LA CUNA DE LA CIENCIA
Hace unos 4.000 años, los babilonios crearon el sistema sexagesimal, base del cual surgieron divisiones como el minuto de 60 segundos, la hora de 60 minutos y el círculo de 360 grados. También desarrollaron la escritura cuneiforme, que durante más de 3.000 años sería adaptada a una docena de lenguas distintas. Dividieron el año en 12 períodos y establecieron la semana de siete días, en honor a sus siete deidades principales y a los siete cuerpos celestes observables a simple vista: el Sol (domingo), la Luna (lunes), Marte (martes), Mercurio (miércoles), Júpiter (jueves), Venus (viernes) y Saturno (sábado). Estos logros sentaron las bases para el posterior desarrollo del calendario por parte de griegos y romanos.
Los babilonios fueron de los primeros pueblos de los que se tiene registro en trabajar sistemáticamente en la predicción de fenómenos astronómicos recurrentes. Estaban ubicados en Mesopotamia, en lo que hoy es Irak, y practicaban una religión politeísta. Sin embargo, sus predicciones no se basaban únicamente en mitos o interpretaciones religiosas, sino en observaciones empíricas y fórmulas matemáticas. Este enfoque marcó un hito en la historia de la ciencia y abrió el camino hacia una comprensión racional del universo.
Fue en este contexto donde comenzó a gestarse algo más que simples explicaciones místicas sobre los fenómenos naturales. Hace unos 3.500 años, los babilonios desarrollaron los primeros relojes solares cóncavos con un marcador inclinado, lo que permitía proyectar sombras de igual longitud durante el día. Esto representaba un avance respecto al reloj solar de marcador vertical creado en Egipto por la misma época y permitió dar los primeros pasos hacia el conocimiento de las distintas latitudes. Desde entonces, los diseños de relojes solares han evolucionado significativamente en precisión.
Junto a los relojes solares, los relojes de agua (o clepsidras), igual de antiguos, permitían medir el paso del tiempo durante la noche, en días nublados o en espacios cerrados. Estos dispositivos fueron utilizados hasta el desarrollo de los primeros relojes mecánicos, hacia el año 1500, y del reloj de péndulo de Huygens en 1656, avances que marcaron hitos importantes en la medición del tiempo.
Hasta ese punto, la humanidad se encontraba en una relativa zona de confort en cuanto a su relación con el tiempo, gracias a la invención de instrumentos útiles para predecir fenómenos naturales con métodos experimentales.
Pero entonces surgió una pregunta aún más profunda: ¿qué es en realidad el tiempo?
Los filósofos comenzaron a indagar sobre su origen y su relación con la existencia. ¿Es el tiempo una ilusión ligada a la conciencia? ¿Es más que una dimensión física mensurable? ¿Existe el tiempo sin eventos que lo marquen? Estas preguntas desafiantes siguen abiertas al debate, y continúan estimulando tanto la reflexión filosófica como la investigación científica.
DE LOS JONICOS Y ARISTÓTELES A NEWTON.
En el Mediterráneo oriental, en el mar Egeo, florecía una cultura notable: la de los jonios, hace aproximadamente 2.600 años, casi mil años después de los babilonios. Vivían en un conjunto de islas con sistemas políticos y sociales diversos, sin un poder centralizado, y en una ubicación geográfica privilegiada, donde confluían civilizaciones influyentes de la época, como la hindú, la china y la babilónica. Para entonces, la humanidad ya había aprendido a transmitir conocimientos de generación en generación, y muchos historiadores coinciden en que estas condiciones propiciaron el surgimiento del pensamiento científico entre los jonios.
Cabe preguntarse aquí sobre el impacto del poder concentrado en los imperios, en contraste con el poder distribuido y plural de los jonios, en relación con el desarrollo del conocimiento.
A pesar de mantener creencias politeístas, los jonios marcaron un punto de inflexión al separar progresivamente sus creencias religiosas de los métodos experimentales y la observación fenomenológica. Por esta razón, más allá de los aportes técnicos de los babilonios, se considera a los jonios como una de las cunas de la ciencia, debido a su apertura intelectual y diversidad de ideas. Fue en este contexto donde Anaximandro de Mileto desarrolló un reloj solar más preciso para medir el tiempo; Demócrito concibió la idea del átomo; y Aristarco formuló las bases de la teoría heliocéntrica, casi 1.800 años antes que Copérnico.
Paradójicamente, en este mismo entorno de libertad de pensamiento surgió un matemático como Pitágoras, cuya búsqueda de perfección en la geometría y las matemáticas tendría una influencia casi mística sobre Aristóteles, dos siglos después.
Más allá de que Isaac Newton refutó siglos más tarde muchas ideas aristotélicas sobre el movimiento, introduciendo conceptos fundamentales como la aceleración, la inercia y la gravedad, su aporte más trascendental fue su concepción del tiempo. Aristóteles sostenía que el tiempo era una medida del movimiento, dependiente de la ocurrencia de algún suceso; en cambio, Newton afirmó que el tiempo es absoluto, que existe independientemente de los acontecimientos. Según él, incluso si no ocurriera nada, el tiempo seguiría existiendo.
Pasaron casi 2.000 años entre las ideas de Aristóteles y su revisión por parte de Newton, quien alcanzó gran prestigio gracias a sus formulaciones matemáticas elegantes y respaldadas por los métodos experimentales de su época. En este análisis de largo plazo, también debe considerarse la transición cultural: se pasó de una cosmovisión politeísta a una monoteísta, basada en verdades reveladas, donde la fe explicaba los misterios de la creación y de la naturaleza.
El romanticismo de la llamada Física Clásica perduró unos 300 años, hasta que, a comienzos del siglo XX, Planck y Einstein propusieron nuevas ideas que desafiaron a Newton y dieron origen a una revolución científica que transformó profundamente la física en tan solo tres décadas.
PLANCK Y EINSTEIN
Max Planck revolucionó la física al proponer que la energía no se emite ni se absorbe de manera continua, sino en paquetes discretos llamados "cuantos" o "fotones". Esta teoría fue confirmada por Albert Einstein a través del experimento del efecto fotoeléctrico, por el cual recibió el Premio Nobel de Física. Paradójicamente, Einstein fue galardonado por validar la teoría cuántica de Planck y no por sus propias teorías de la relatividad, que transformaron profundamente nuestra comprensión del espacio y del tiempo.
Apoyado en los avances matemáticos, la medición precisa de la velocidad de la luz como la máxima velocidad conocida, y la teoría gravitacional de Newton, Planck también formuló el concepto de tiempo de Planck: la unidad mínima concebible de tiempo (no igual a cero), así como la longitud de Planck, que representa la menor distancia significativa en la física. Estos conceptos, que aún no han sido refutados, constituyen algunos de los pilares de la teoría cuántica moderna.
Mientras tanto, Einstein no se quedó atrás en la formulación de ideas revolucionarias. En 1905 y 1915 publicó, respectivamente, la Teoría Especial y la Teoría General de la Relatividad. Estas teorías introdujeron una concepción radicalmente nueva del tiempo y del espacio, proponiendo que ambos son relativos al estado de movimiento del observador. Esta idea, que desafía el sentido común, comenzó a ser confirmada experimentalmente a partir de 1919 y continúa validándose con mediciones realizadas en la era espacial.
Que el tiempo sea relativo y dependa de la velocidad de desplazamiento del observador resulta profundamente contraintuitivo. Por ejemplo, el sentido común sugiere que el tiempo transcurre igual para alguien en la Tierra y para alguien a bordo de una nave espacial, pero la física relativista demuestra lo contrario. Esta fue una verdadera revolución científica que refutó las ideas absolutistas de Newton.
La teoría también predice el acortamiento del tiempo (dilatación temporal) y de la longitud (contracción espacial) a medida que un objeto se desplaza a altas velocidades, algo que ha sido confirmado experimentalmente. Uno de los pilares fundamentales de la relatividad es que la velocidad de la luz es el límite máximo alcanzable en el universo. Si algún día surgiera una teoría o experimento que refutara este postulado, la relatividad de Einstein podría ser reemplazada por un modelo más amplio, como ha ocurrido con teorías anteriores a lo largo de la historia de la ciencia.
LOS CONFLICTOS DE IDEAS Y LOS LÍMITES DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
Las características de esta presentación no permiten abordar en profundidad las ideas de numerosos pensadores. Sin embargo, tanto desde la ciencia como desde la filosofía, siguen surgiendo ideas disruptivas.
Uno de los aportes más significativos en la filosofía del siglo XX proviene de Martin Heidegger, quien, en 1927, a través de su obra Ser y tiempo, nos interpela con el concepto de Dasein: un ente que se distingue de todos los demás entes de la naturaleza. El Dasein es un ser temporal y consciente de su existencia, en el que la trascendencia cobra sentido a través de la construcción de un horizonte significativo, siempre en relación con la propia existencia.
Llama la atención que Heidegger describa al Dasein como un ente temporal-espacial, aunque su noción de temporalidad no corresponde al concepto tradicional del tiempo. Para él, el tiempo se entiende más como el transcurrir existencial vinculado a la superación de la angustia, que como una secuencia cronológica. En este enfoque, el tiempo es inseparable del espacio que contiene al ente.
Analizar con mayor profundidad la concepción heideggeriana del tiempo excede el alcance de esta exposición, pero su aporte nos invita a pensar el tiempo más allá de su dimensión física.
Volviendo a la ciencia, nos seguimos preguntando sobre los orígenes del tiempo: ¿qué había antes del Big Bang?, ¿qué es el horizonte de sucesos?, ¿por qué el tiempo es relativo y la velocidad de la luz es absoluta? También nos cuestionamos cómo las nociones de espacio y tiempo se diluyen cuando nos internamos en el mundo subatómico con la teoría cuántica; cómo la trama del espacio-tiempo de Einstein podría integrarse a los misterios no resueltos de la materia y la energía oscura; y cómo la incerteza en las características y el movimiento de una partícula subatómica, como el electrón, se transforma en una certeza desconcertante al ser observada (véase el experimento de la doble ranura). Finalmente, nos preguntamos: ¿qué es realmente la gravedad?
En fin, estas son solo algunas de las preguntas no resueltas y según parece más se investiga más intrigas aparecen, entre la cuales está el verdadero concepto de tiempo.
EL ENTRELAZAMIENTO CUÁNTICO Y UNA NUEVA AVENTURA DEL PENSAMIENTO
El entrelazamiento cuántico se refiere a un fenómeno en el que partículas subatómicas, como los electrones, comparten un estado común dentro de un mismo sistema. Lo sorprendente es que, incluso si estas partículas se separan a grandes distancias, el estado de una (por ejemplo, su sentido de giro o spin) parece influir instantáneamente en el estado de la otra, sin que exista entre ellas ningún tipo de comunicación o intercambio de señales. Es como si dos personas emocionalmente conectadas se separaran por una gran distancia y, al pedirles que elijan un color al azar, ambas eligieran el mismo en cada intento, sin haber interactuado entre sí de ninguna manera.
En 1935, Albert Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rosen introdujeron, a través de formulaciones teóricas de la mecánica cuántica, el concepto de entrelazamiento cuántico, un fenómeno que, una vez más, contrariaba el sentido común. Aunque sabían que esto no era inusual en la física, consideraron que se trataba de un error y lo calificaron como una “acción fantasmal a distancia”, ya que sugería que una partícula podía afectar a otra instantáneamente, sin ningún tipo de comunicación directa. Para ellos, esto implicaba que la teoría cuántica estaba incompleta y que debían existir variables ocultas que explicaran ese comportamiento.
Muchos años después, en la década de 1960, el físico irlandés John Bell desarrolló una formulación matemática —la famosa desigualdad de Bell— que permitía poner a prueba, mediante la experimentación, si Einstein tenía razón. Si la desigualdad se verificaba experimentalmente, se confirmaría la existencia de esas variables ocultas; de lo contrario, la teoría cuántica seguiría en pie. Sin embargo, en aquella época no existía la tecnología necesaria para llevar a cabo los experimentos requeridos.
Ya en el siglo XXI, el avance de la tecnología permitió realizar pruebas precisas. Tres físicos cuánticos - John F. Clauser (Estados Unidos), Alain Aspect (Francia) y Anton Zeilinger (Austria) -lograron confirmar experimentalmente la validez del entrelazamiento cuántico, refutando así la postura de Einstein y sus colegas. Por este trabajo, recibieron el Premio Nobel de Física en 2022.
La importancia de este descubrimiento reside en que sienta las bases para tecnologías emergentes como la teletransportación cuántica y la computación cuántica. Esta última se basa en los llamados qubits, que, a diferencia de los bits clásicos (0 o 1), pueden representar simultáneamente ambos estados (0 y 1), lo que incrementa enormemente la capacidad de procesamiento.
En este contexto, más que hablar del tiempo, se trata de la simultaneidad de sucesos, un fenómeno que ya puede observarse experimentalmente, aunque su esencia profunda aún permanece desconocida.
¿Estamos acaso al umbral de una nueva revolución científica?
Tal vez, ideas como la simultaneidad y la perpetuidad no estén tan lejos de revelarse como dos aspectos de una misma realidad.
REFERENCIAS
Albert Einstein y Leopold Infeld. La Física Aventura del Pensamiento.
Hubert Reeves. El Sentido del Universo.
Stephen Hawking. Historian del Tiempo.
Carl Sagan. Cosmos.
Carl Sagan. Los Dragones del Edén.
Martin Heidegger. Ser y Tiempo.
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