Lo bello como pausa. De la banalidad estética a una poética del existir; Lucas Verduga Santillán
Lo bello como pausa. De la banalidad estética a una poética del existir
Es habitual que, por su propia naturaleza, tengamos la tendencia de buscar ciertas manifestaciones concretas de lo bello especialmente en el Arte. Durante muchos años trabajé en un cine, haciendo concienzudos esfuerzos por encontrar belleza en todo tipo de películas, principalmente para poder promocionarlas y atraer público. Muchas veces me pregunté: ¿Sigue el cine buscando la belleza? O más aún, ¿busca belleza el espectador que asiste al cine? Y si bien no es este el tema sobre el cual quisiera que dialogáramos hoy, haciendo un recorrido mental por aquellas películas, vino rápidamente una escena que me impactó justamente por la noción de belleza que propone. Estoy hablando de la escena de la película “Belleza Americana” en donde uno de los protagonistas le muestra a su vecina unos minutos de grabación en VHS en donde frente al garaje de su casa una ráfaga de viento hace danzar circularmente en el aire una bolsa de basura. Belleza pura. Y sin embargo, ¿el garaje era bello? ¿la bolsa de basura era bella? ¿El viento era bello? No y, sin embargo, el instante era indudablemente bello. La gran conmoción como espectador de cine y espectador del mundo, fue descubrir que lo bello ya está allí, y aparece cuando uno tiene la disposición de entregarse a la experiencia. Un único requisito pareciera ser indispensable: hacer una pausa y estar allí. De esa pausa es de lo que quisiera que conversáramos.
No es este el momento para hacer un racconto detallado de lo que los grandes pensadores han dicho sobre la belleza, pero todos estaremos de acuerdo en que, en general, es usual relacionar la belleza con una cierta capacidad de juzgar. Y esta capacidad, eminentemente racional, pareciera que se puede adquirir con instrucción y educación. En este sentido, podríamos sostener que la belleza tiene sus propias reglas y cada época ha creído estar en condiciones de definirlas. De aquí hay un paso a sostener que el gusto es epocal y, por lo tanto, radicalmente subjetivo. Y de aquí surge, también, una de las grandes preguntas en torno a la belleza ¿Hay una belleza en sí? ¿Una belleza absoluta?¿O toda belleza es necesariamente relativa? Podríamos rápidamente remitirnos a Platón y revisar su Fedro y su Hipias menor, o incluso el Banquete, pero tampoco tomaremos ese camino. Porque, insisto, no es de la belleza de lo que queremos hablar, sino de la pausa que da lugar a la belleza. Entonces, la pregunta siguiente sería ¿pausa de qué? ¿Qué se detiene cuando lo bello nos conmociona? ¿No es, justamente, la con-moción un movimiento? ¿Es esta pausa una forma de quietismo o más bien una cierta actividad contemplativa? Y de ser así, ¿Qué es lo que contemplamos cuando contemplamos la belleza?
Pensemos por un momento en un día cualquiera de nuestra más burda cotidianeidad. Nos despertamos y, junto con nosotros, se despiertan todos nuestros sentidos, todo muestro sistema somato-psíquico. Estamos en el mundo. Un mundo conocido, teniendo en cuenta que es un día cualquier de nuestra más burda cotidianeidad. Un mundo al que estamos acostumbrados (y sabemos por experiencia que podemos acostumbrarnos a todo: a lo bueno, a lo malo, a lo bello y a lo horroroso). En esta cotidianeidad son pocas las cosas que nos sorprenden, que nos asombran. Salimos a la calle, algunos por Arenales, otros frente al Chimehuin, algún otro frente al océano o incluso al mismismo Everest. Supongamos que estamos ocupados en nuestras tareas habituales: oficina, salidas de rafting, pesca industrializada, guía de montaña. En este sentido, nuestra línea de pensamiento también ha despertado con nosotros y no para de describirnos el mundo, de representárselo: planifica, se proyecta al futuro, recuerda el pasado, interpreta señales y signos sonoros, visuales, lingüísticos. Rodeado de los otros, nos lanzamos a la vida. En esta condición, sobre todo si estamos atribulados, angustiados, preocupados, ansiosos o cualquiera de estas características tan habituales, podríamos estar recorriendo el Louvre o caminando sobre un glaciar, y sin embargo no conmovernos en lo más mínimo por ninguna de las sensaciones que nos llegan a través de nuestros sentidos. Pero entonces, en cualquier momento, sucede que levantamos la vista y, como de golpe, aparece ante nosotros lo bello. Y con él, la pausa. No podemos hacer otra cosa. Mientras experimentamos lo bello, no hay simultáneamente ninguna otra cosa. Puede ser un instante, puede ser un momento, puede ser incluso un estado más duradero. Mientras dura, el sentido de lo bello le da armonía al instante. Una cierta unidad se hace presente. No falta nada, ni en el mundo ni en nosotros. Nosotros estamos en el mundo, porque nada más está pasando. Nada cambia, pero todo ha cambiado. La racionalidad con la que nos explicamos el mundo tornó en una poética impersonal. Hay sentido, hay verdad. Lo que “es” pasa a ser ni más ni menos que “lo que es”. Y aparece ese sereno goce al que llamamos belleza.
¿Han tenido esta experiencia de lo bello?¿Basta con estar frente a algo considerado bello para experimentar su belleza? He visto hordas de turistas devorando cuadros famosos en importantes museos, sistematizando flashes y recorridos eficientes. Y también he visto niños fascinados observando un charco sucio con un diario viejo flotando a la deriva. No, la belleza no está en las cosas, así como el color rojo no está en las cosas rojas. Sabemos que el rojo es una cierta frecuencia de la luz resultante de su reflexión en objetos con cierta característica particulares. Pero, ¿Qué reflejan las cosas bellas para parecernos bellas? ¿Qué sucede cuando sucede lo bello?
Para indagar sobre el qué es de lo bello vamos a tomar la definición que nos ofrece Diderot en sus “Investigaciones filosóficas sobre el origen y naturaleza de lo bello”. En esta extraordinaria obra el autor se refiere a lo bello como “todo aquello fuera de mí que contiene en sí mismo el poder de evocar en mi entendimiento la idea de relaciones, y bello en relación a mí, a todo aquello que provoca esta idea”. Creo que podemos coincidir en que nuestro entendimiento tiene la natural capacidad de buscar relaciones en los objetos. Recorremos con nuestros sentidos - espacio temporalmente, diría Kant - el mundo, y establecemos relaciones internas y externas que nos permiten ordenar y comprender las cosas, el estado de las cosas y los hechos concretos que acaecen en dicho mundo. Y, a través del lenguaje, construimos un retrato lógico-simbólico que nombra, describe y afirma los hechos del mundo mediante proposiciones que, por supuesto, pueden ser verdaderas o falsas, adecuadas o inadecuadas, etc. Aparecen, justamente, nuestras representaciones del mundo. La palabra belleza, en tanto nombre, designa una particular representación que describe ciertas características de la cosa y sus relaciones internas y externas. De lo que estamos hablando es del sujeto cognoscente que se enfrenta al objeto y lo conoce. Y esta distancia fundacional entre Sujeto y Objeto, tan propia de la Modernidad, nos va colmando de una certeza que se hace carne en nosotros, el de la separatividad. La comprensión intelectual, el pensamiento discursivo, esa voz interna que permanentemente nos describe el mundo, inevitablemente nos separa de él. Estando en este estado nos acercamos a la belleza desde su pura descripción. Realizamos juicios estéticos que, consideramos, son una forma de la banalidad. Recorremos, reconocemos y nombramos cosas bellas, y hasta allí llegamos. Sin embargo, en este fluir cotidiano de la existencia, ciertas configuraciones particulares, singularmente significativas, no abren una puerta de acceso a “lo bello”. El diálogo interno, el pensamiento discursivo, la comprensión intelectual que recién mencionábamos, de alguna manera se detiene, se pone en pausa. Y aparece la comprensión sentida, el Nous platónico, la intuición de lo inteligible, que nos incorpora a ese otro Orden, aquel al que los griegos llamaron Logos y los orientales Tao, y que pareciera que por momentos nuestra sociedad contemporánea olvidó. Desaparece de golpe el sentido de separatividad y pasamos a ser parte de la Unidad. En esta experiencia de lo bello que, no tengo dudas, todos hemos experimentado en algún momento de nuestra vida, nos confundimos con lo bello, nos disolvemos en lo bello, nos sumergimos en ese entramado de relaciones al que llamamos realidad, o simplemente “lo que es”. Y no hay duda que entonces sabemos que “todo está bien”, “todo está en su lugar”, “no falta nada”. Ya no observamos relaciones, sino que somos parte de esas relaciones. Lo bello, sin más, nos conecta con lo bueno y lo verdadero, y nos trae bienestar. ¿Es, entonces, la belleza, algo secundario, algo accesorio, algo banal, como pareciera querer imponer la lógica de la mercadotecnia y los medios de comunicación masivos? ¿Es su comprensión sentida, por otro lado, un arranque místico que sólo sucede de cuando en cuando frente a especialísimos sucesos del mundo? ¿O acaso podremos adquirir la disposición y el hábito de estar atentos a nuestro vínculo fundante con la unidad de “lo que es” en cada momento de la vida? Al despertarnos, al desayunar, al tratar con los otros, en el colectivo hacia el trabajo, en medio de los avatares de la vida, en ese cotidiano burdo que tanto descuidamos, imagino que podremos descubrir, porque somo parte, esa unidad del ser, esa muda poética del existir.
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