La belleza de las palabras; Sonia Malah

 La belleza de las palabras

Las palabras curan, las palabras enferman. Nos hacen reír o llorar, amar u odiar, crear o destruir. Acariciar o golpear. Las hay vivas y muertas. Personales, generales, regionales o universales. Crean música o ruido, tienen sonoridad y estilo propio. Nos unen o desunen. Acompañan o aíslan. Nos apropiamos de algunas y desechamos otras.
Dice Pablo Neruda: “…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.” (Neruda, P. pág. 78-79) La palabra requiere tiempo para ser interpretada, a diferencia de la imagen que condensa y se la recorre de modo más personal. Una oración no se comprende hasta que no se agota la última palabra y cada uno de los signos de puntuación que la acompañan. Además, requiere de otro tipo de representación mental. Es más difícil de plasmar en un conjunto que la imagen. Por ejemplo, si yo observo el cuadro de la Gioconda o el autorretrato de Van Gogh, y cierro los ojos, quedan retenidas en mi memoria, formas y colores más o menos reales, más o menos deformantes. Puedo comenzar la observación desde cualquier punto de la imagen. Y puedo reproducir mentalmente, en un solo instante, todo el conjunto, a modo de Gestalt. La cita de Neruda, en cambio, requiere tiempo, espera para lograr una Gestalt y un trabajo mental diferente. Para comunicar a otro lo leído o escuchado, necesito reconstruir una a una cada palabra, en un orden determinado, siempre el mismo para todos los interesados. Samuel Arriarán y Elizabeth Hernández Alvídrez se preguntan “¿En qué reside la importancia del lector? La obra literaria, sea novela o cuento, para ser comprendida requiere forzosamente del trabajo de interpretación, que implica de manera obligada la participación activa del lector en la construcción del sentido de la obra. Ninguna obra se lee solamente según la intención del autor. Por eso el lector es de algún modo también un autor. Esta afirmación del papel participativo del lector también la sostiene Bajtín, quien abiertamente habla del lector como coautor. Ciertamente la estética posterior, con más énfasis en la participación e interactividad nos obliga a repensar la recepción como insuficiente.” (Arriarán y Hernández Alvídrez, pág. 225) Por otro lado, ¿Qué relación tiene la belleza con las palabras? ¿Por qué, en mí, Neruda despierta placer, y en otro, aversión o indiferencia? ¿Por qué, cuando preguntamos a futuros padres, qué nombre eligieron para su hijo acordamos que fue una bella elección o pensamos “lo mataron con ese nombre”? ¿Por qué me parece bello, melódico, el idioma inglés británico? ¿Será porque me fascinaba, en mi niñez, escuchar a mi tía hablar en inglés con sus dos amigas británicas nativas? ¿Y por qué me parece duro el alemán? ¿Será porque a los trece años leí el Diario de Ana Frank y me conmoví intensamente por lo que vivió una adolescente de mi edad bajo el régimen nazi? ¿Y qué decir de la belleza o fealdad que le asignamos actualmente a las palabras nosotros, los seres humanos? Si, para algunos movimientos, lo bello es femenino, lo feo será lo masculino. Creo que por eso se feminizan las palabras que terminan en o. Si algunas de ellas se modificaron, como por ejemplo colectivo, que algunos reemplazan por “colectiva”, o “equipa” en lugar de equipo, deduzco que los que las utilizan, consideran que son más bellas. Bellas serían entonces las palabras femeninas, y nosotras, las mujeres. Somos diosas, dominamos y aplastamos con las palabras. Los hombres serían entonces los feos. Y qué feo ser entonces hombres porque no quedarían, a mi criterio más que dos opciones, o someterse a nosotras, las diosas, o alejarse de nosotras. Por cierto, no hablo de diosas similares al Dios del Nuevo Testamento, que es compasivo, sino que seríamos como las del Viejo, diosas castigadoras, terroríficas, generadoras de miedo y mucho sufrimiento. Nuevas preguntas me surgen a partir de esta clasificación de las palabras en bellas/femeninas y feas/masculinas: Una de ellas es: ¿será entonces que como la palabra aborto suena feo que aún no se ha feminizado? Porque no he escuchado a nadie decir “la aborta”, siendo la mujer la que pasa por él. ¿Y por qué decimos vasectomía si se la practica en los hombres? ¿Será por miedo a perder potencia y feminizarse que algunos hombres sienten que no es un acto viril someterse a esta operación? Para estas personas, esterilización y castración irían de la mano. En Mentira la verdad, Darío Sztajnszrajber expresa: “Lindo, feo, hermosura, sublime, todo lo que nos rodea genera en nosotros una reacción estética. Además de valorar a las cosas como verdaderas o falsas, buenas o malas, las cosas también se nos presentan como bellas o feas. (…) La más importante cuestión filosófica con respecto a la belleza es el problema de su objetividad. El problema es determinar si la belleza está en las cosas o es relativa a quien la experimenta. En otras palabras, ¿es la belleza objetiva o subjetiva? (…)” Más adelante expresa “la belleza no está en las cosas, pero tampoco depende de cada uno. Hay criterios que se van estableciendo en cada época o en cada cultura (…).”
Cierro esta exposición con un poema que me parece muy bello, perteneciente a la poetisa Etherline Mikeska, llamado La ropa: La ropa está desnuda No tiene cuerpo Que le duela no tiene cabeza, Manos ni pie Nadie sostiene sus colores Y su perfume Desaparecido Delata.

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