“Seño, ¡No me sale!, ¿me ayudás?"; María Luján Sánchez Berro
“Seño, ¡No me sale!, ¿me ayudás?"
Hace aproximadamente un mes, recibí un mail del querido Gerardo. Me sentí interpelada por la convocatoria. Las demandas que recibimos nos “tocan con golpecitos en el hombro”, encienden circuitos, nos reconfortan, nos definen. Alguien pensó en mí para que yo opine acerca del Amor, ¿será que cree que tengo algo para decir al respecto? Podría hacer caso omiso a esa demanda, podría excusarme. Podría escucharla y ser consecuente con sus suposiciones, acerca de “tener algo para decir”. Esta interpelación, habilitó para mi otro recorrido: el de las construcciones de sentidos respecto de mi profesión (nuestra profesión), que venimos desarrollando junto a mi colega y amiga. Como por ejemplo: somos el resultado de las demandas, de los pedidos: Nacer, caminar, leer, escribir, contar o tocar el piano no son producto de la naturaleza o del equipo genético. Sentido que nos lleva a este otro: los verdaderos aprendizajes son en interacción, no hay aprendizaje que quede por fuera de los intercambios.
O esta otra idea, simple, obvia, inapelable: somos el resultado de un encuentro.
Volví a leer la consigna: “Las representaciones del Amor…”, “qué representaciones del amor pueden llegar a sostenerse desde cada disciplina”. “La propuesta me entusiasma”, contesté a los pocos días.
Las demandas en nuestra clínica (la psicopedagogía), circulan alrededor de las siguientes expresiones: “Le cuesta arrancar, no se engancha con las letras”, “lee y escribe pero no entiende”, “confunde las letras, las invierte, junta palabras”, “no se queda quieto, y molesta a los compañeros”, “no completa las tareas, a veces, ni escribe la fecha”, “ya está en tercero, y no reconoce más del 20, no identifica las centenas, no entiende las cuentas”, “no puede parar de jugar, todo es un juego para ella”, “está dispersa… me parece que la escuela no le da en la tecla”, “no sé qué carrera elegir”... Es desde estos tropiezos, desde estas escenas desreguladas, que nos detenemos para desarmar esos enunciados y otorgarles nuevos sentidos. Y en esta aventura apelamos a lazos, a entramados, a circuitos amorosos. Son esos lazos los que hacen a un niño, los que habilitan los aprendizajes. ¿De qué depende el acto de aprender?: primero, del deseo de otra/o, y, para avanzar en esta disertación, diremos que depende del amor.
El abordaje de un niño, una niña o de un adolescente, exige un recorte contextual, ¿cómo se piensan las infancias y sus problemas en este tiempo y lugar? Es frecuente tomar posición desde planteos neurocientíficos. También buscamos referencias en los argumentos legales, entendiendo a las infancias y adolescencias como sujetos de derecho.
Los discursos neurocientíficos actuales, resultan oportunos para identificar las causas de estos problemas en la infancia. Sitúan elementos que permiten nombrar enfermedades, definir diagnósticos: dislexia, discalculia, síndrome de déficit de atención, trastornos del espectro autista, y otras alteraciones del desarrollo. Imprescindibles, sin embargo, no son suficientes desde nuestra aproximación conceptual a las dificultades de aprendizaje. Sostenemos que hay que conocerlos y valorarlos, pero también, des-totalizarlos.
Los discursos legales facilitan recorridos para otorgar derechos: “Si bien estamos en tiempos en los cuales la legislación enuncia al niño como un sujeto de derechos, no debemos olvidar que un niño no se hace porque la ley lo dice y establece sino que, la ley en tanto código escrito, ofrece el marco simbólico de referencia social. Se hace un niño cuando se lo nombra, se lo identifica, se lo ama, se lo mira, se le habla, aunque aparentemente no nos entienda. Se hace un niño cuando ingresa en el deseo de Otro y se lo aloja”. (Mercedes Minicelli, en “Ceremonias Mínimas” FLACSO, Psicoanálisis y Prácticas Socioeducativas)
El amor, diremos, sin intención de definición, es hijo de una carencia. Surge porque hay algo que falta. Desde una perspectiva psicoanalítica, en los primeros momentos de la vida humana, aún no hay sujeto. No alcanza con nacer. Es por la existencia de un deseo para ese cachorro (deseo de que se alimente, de que viva, de que sea nombrado), que va a enlazarse a la cultura. Se iniciará pronto un circuito de demandas, que (en el mejor de los casos) habrá muchas que no serán satisfechas. Ahí el bebé desarrollará maneras de buscar lo que necesita. Devendrán los pedidos. Ahí nace el sujeto del amor, ahí nace el amor. El deseo que se enciende para no apagarse, porque siempre habrá algo que se resiste, siempre habrá frustraciones, siempre algo del orden de lo imposible nos llevará al insomnio. Aquello que sucede en tiempos remotos, en tiempos de constitución subjetiva, en tiempos sin otrxs, se hace presente en cada aprendizaje, en cada encuentro. En las aulas, en el consultorio, en el trabajo con docentes, con las familias. Sin el amor, así entendido, no habrá encuentros, no habrá enlaces, no habrá sujetos del deseo, no habrá aprendizajes.
Aprender tiene que ver con soportar la angustia de no saber. Con la incertidumbre de no saber quién es el otro, ni hasta dónde llegarán sus conquistas (ni las nuestras), con transitar los enojos y las frustraciones que se desprenden de las encrucijadas, de los desencuentros, con apostar a las posibilidades que tenemos, de conocer nuestros discursos, de soportarlos, de descubrirlos y de cambiarlos. Amor es, justamente, lo que nos hace cambiar de lugar. Lo que nos despabila. Aquello que nos permite alojar (y alojarnos) cuando prevalecen los desajustes, los imposibles, lo que “no encaja” o parece estar fuera de lugar.
¿Y la idea del amor en nuestra disciplina?: Amor como matriz de todo encuentro, amor como el soporte de todo diálogo. La psicopedagogía, se enmarca en una relación dialógica. En este territorio de lo incierto, (o del amor) se ubica nuestro desafío.
Diálogos que habilitan juegos, dibujos y lenguajes. Diálogos que convocan a la cultura y al trabajo ineludible de reconocerse en ella. Finalmente, diálogos (o encuentros), que en el mismo laberinto del amor, podrían modificar destinos.
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