Hormonas y las conductas de apego; Virginia Angélica Bianchi
Hormonas y las conductas de apego
Komisaruk y col. (1998) postulan que “El amor es tener la estimulación que uno desea”, y esa estimulación puede tener una dimensión abstracta cognitiva y una dimensión más directa o sensorial”. El “amor”, desde mi punto de vista, es un concepto necesariamente multidisciplinario. Sin embargo, para comenzar a conocer sobre la “bioquímica del amor”, es recomendable pararse desde una posición un poco reduccionista y primero evaluar qué se sabe científicamente sobre la relación entre algunos neuroquímicos y algunas conductas asociadas a aquello que llamamos amor.
La concepción biologicista sostiene que el conjunto de sensaciones y conductas asociadas con aquello a lo que llamamos amor, podrían explicarse por procesos fisiológicos. La reconocida antropóloga y bióloga Dra. Helen Fisher junto a sus colaboradores, estudiaron por 30 años actividades cerebrales y neuroquímicas en humanos y otros animales, y su relación con concepciones antropogénicas de lo que es el amor, en varios países del mundo. A partir de estos estudios definieron subsistemas o categorías del amor que llamaron líbido, atracción y apego. Estos subsistemas no son independientes ni excluyentes entre sí, y su presencia y duración en el tiempo durante el desarrollo de las relaciones interpersonales, es variable. La líbido se define por la atracción sexual, mediante la acción de hormonas sexuales (testosterona, estrógeno); mientras que la atracción, propiamente dicha, se define por la sensación de enamoramiento (euforia, pérdida de apetito y sueño, ritmo cardíaco acelerado, etc); se relaciona con la elección de pareja en las relaciones románticas; y es mediada por neurotransmisores (dopamina y serotonina, entre otros). En particular, me referiré al apego, por su relevancia para las relaciones interpersonales no solo románticas, sino también amistosas y filiares, que a mi entender son una base importante sobre la que se construye el funcionamiento y las estructuras de las sociedades.
Así, el apego es una conducta que se asocia a la acción de hormonas como la oxitocina y la vasopresina, las cuales se han estudiado tanto en humanos, como en otros animales. La oxitocina es llamada “la hormona del amor”, es una de las más estudiadas y promueve conductas de calma física y emocional, evitando violencias extremas y apoyando conductas de reconocimiento de pares (lectura de comportamientos y lenguajes corporales, entre otros). Por otro lado, la vasopresina tiene un origen evolutivo más primitivo, se relaciona con conductas de movilización física y emocional, y vigilancia y cuidado de un par o territorio. Ambas hormonas son parte importante de un sistema neuroquímico mucho más complejo que permite al organismo adaptarse a situaciones de estrés emocional. El equilibrio fisiológico entre estas dos hormonas, que regulan el estrés, la ansiedad y el miedo, se asocia en última instancia a sensaciones de “seguridad” y comportamientos de “compromiso social”. En este contexto, se ha estudiado el rol que juegan estas hormonas en el sostenimiento de las relaciones a largo plazo; que a mi entender, se basan en conductas que reflejan distintas formas de expresar amor y que se desarrollarán luego.
Los estudios de la relación entre neuroendocrinología y comportamiento se basan generalmente en experimentos con modelos animales de roedores y simios, que son mamíferos que evolutivamente desarrollaron estructuras y comportamientos sociales, que son observables y medibles en algún punto, y permiten tomar muestras y estudiar más en profundidad los mecanismos fisiológicos. En humanos, por razones éticas obvias, los estudios se limitan a estudios electro-fisiológicos o de mapeo de actividades cerebrales, es decir, qué partes del cerebro reaccionan a un estímulo, y se lo asocia a parámetros medidos en sangre, y resultados de encuestas. Se busca con esto, paralelismos evolutivos entre especies que permitan extrapolar resultados y explicar algunos procesos.
La mayor cantidad de estudios en estos temas se centran en las bases bioquímicas de la protección filial. La oxitocina está presente desde un primer momento disminuyendo el estrés, ansiedad y dolor físico durante el embarazo y el parto, y promoviendo el establecimiento de lazos emocionales durante la lactancia y primeras etapas de desarrollo de la cría. ¿Qué pasa con los individuos que no gestan, o con la gente que adopta o no puede ofrecer lactancia?, se ha comprobado que el simple hecho de ver un bebé, estimula la producción de oxitocina en el cerebro del adulto, promoviendo el vínculo; además, promueve conductas colaborativas entre adultos para la crianza y protección de crías. La estimulación de la producción de oxitocina en los primeros estadios de la vida, facilita el desarrollo de relaciones sociales en la adultez, por la promoción de síntesis de receptores específicos en las células. En relación a esto, y extendiéndonos un poco a la relación de grupo se plantean los conceptos de empatía, la oxitocina favorece el reconocimiento de uno en el otro anticipando conductas y compartiendo sensaciones ajenas al analizar diversas situaciones; percepción de pertenencia a un grupo, la oxitocina interviene en procesos de reconocimiento de rostros conocidos y favorece la interacción por sobre aquellos que resultan desconocidos; y cooperación social, la oxitocina actúa en la estabilización de desórdenes de ansiedad social y equilibra conductas de cuidado entre pares.
En este contexto, el amor es un fenómeno epigénetico, es decir que los comportamientos sociales, el apego emocional y las relaciones recíprocas de largo plazo, son plásticas y adaptativas, como lo es la biología sobre la que están basadas. En particular, las consecuencias de la falta de equilibrio hormonal en los primeros estadios de la vida, se ve reflejada en conductas anti-sociales que pueden durar toda la vida, y que son heredables. Por ejemplo, se hipotetiza, partiendo de estudios en ratones, que la exposición crónica al aislamiento, a violencia, a stress parental o a situaciones similares de trauma en infantes, produce una sobreexpresión de vasopresina y sus receptores, haciendo al individuo más susceptible a desarrollar conductas antisociales, que pueden expresarse en cualquier momento de su vida adulta.
Entonces, el estudio de las relaciones bioquímicas-conductuales, los ¿cómo? y los ¿qué? de estos procesos, plantea alcances que van desde la comprensión de la relaciones interpersonales, hasta las terapias médicas y el tratamiento de comportamientos delictivos. Incluso, los factores químicos ambientales, como algunos contaminantes, ambientales que producen efectos de disrupción endocrina, provocando desbalances o daños irreparables en la biología reproductiva.
Los seres humanos, como todos los seres vivos, constituyen sistemas de variada complejidad que interactúan entre ellos y con el medio ambiente, en constante aprendizaje. La percepción de estímulos pone a funcionar una maquinaria neuronal, endocrina y muscular para la generación de respuestas, procesos están siendo cada vez más considerados en estudios de comportamiento. En un estudio publicado en 2013 por Stanley et al., se realizó una revisión bibliográfica sobre el número de publicaciones que trataban temas conductuales y que metodologías se utilizaban para esto. La tendencia desde el año 2008, fue una inclinación desde los trabajos en psicología, psiquiatría y medicina hacia la neurociencia y la tecnología; siendo el estudio de modelos animales, genética y la predicciones computacionales, las metodologías más utilizadas. Desde el 2002, Goleman et al., empieza a acuñar el concepto de “neurociencia social”, es decir cómo el cerebro dirige el comportamiento social y a su vez a cómo nuestro mundo social influye sobre nuestro cerebro y sobre nuestra biología, actuando sobre la "neuroplasticidad” de nuestro sistema nervioso; es el estudio simultáneo de dos cerebros en interrelación mutua. Se plantea al amor como un proceso dinámico complejo, de intercambio y aprendizaje constante entre el sistema sensorial- cognitivo de los individuos y el sistema socioambiental del que forman parte.
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