El amor según el determinismo biológico: una deconstrucción necesaria; M. Fernanda Garcia Belardi

El amor según el determinismo biológico: una deconstrucción necesaria


¿Deconstruir el amor? ¿Deconstruir y llegar a donde?
Darío Sztajnszrajber


 En una entrevista el neurobiólogo Steven Rose advierte: “El determinismo biológico está vivo y con buena salud”. Pero ¿cómo vincularlo con el amor?. Este punto de partida me conduce a indagar la manera en que las representaciones del amor se inscriben desde el biologicismo; para ello,  Golombek en su libro Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll) nos ofrece un interesante repertorio; pues aborda las relaciones entre el amor, el sexo y la ciencia. 
El libro forma parte de  la colección Ciencia que ladra…y cuenta con amplia repercusión en el mercado editorial. Aquí planteo la primera crítica en relación al modo en que el autor propone “meter la ciencia de contrabando (…) para que sea amena y divertida (…) para achicar la brecha entre los científicos y el público no especializado”. Con ello, me pregunto,  si ese contrabando hace más amigable a la ciencia o simplemente se trata de un equívoco  frecuente hacia la tarea del divulgador científico (idea que hago extensiva al educador en ciencias). Si bien no es el eje del trabajo no puedo soslayarlo; dado que la comunicación pública de la ciencia es una tarea compleja, en donde lamentablemente abundan dudosas traducciones de corte propagandístico que convalidan prejuicios sociales, estereotipos e ideologías dominantes muy alejadas de una genuina democratización del conocimiento científico y de auténticos compromisos epistémicos (Wolovelsky, 2008).
La cuestión de fondo apunta a desarticular un discurso biodeterminista que simplifica la complejidad de las relaciones sociales a causas biológicas; ello  deriva en una visión de la naturaleza humana que reduce ontológicamente a los sujetos únicamente a su biología. Gould (2003) sostiene que las críticas al determinismo biológico siempre resultan intemporales  y oportunas, debido a que los frecuentes e insidiosos  errores sobre la naturaleza humana se repiten con cierta regularidad correlacionándose “con períodos de retroceso político y de destrucción de la generosidad social” (pp.25). A su vez, Lewontin, Rose  & Kamin (1987) refieren que los deterministas modelan la naturaleza humana mediante una causalidad lineal que designa a los individuos como ontológicamente previos a la sociedad. Consideran que sus características son consecuencia de sus genes; lo que estos determinen queda determinado para la sociedad. Así prevalece una ideología política que pretende cientificidad para incidir en la conciencia pública.
Desde estas coordenadas, la selección del libro no es arbitraria;  connota un ideal de objetividad científica como garantía de validez  que lleva al lector a creer (o no) en la legitimidad de las representaciones del amor expresadas en falacias deterministas. Dichos argumentos, operan en la naturalización de estereotipos de género y de categorías que resultan condicionantes para legitimar el statu quo del modelo patriarcal (Lewontin, et.al. 1987). Por consiguiente, el desafío es este intento de deconstrucción, como dice Sztajnszrajber (2018) de “resquebrajar sus asociaciones normalizadas (pp.138)  que ligan al amor con el sexo y la reproducción.
 Un título con gancho, frases en sentido figurado y un discurso motivador  es la estrategia que Golombek esgrime para referirse a la “naturaleza del amor”: Aproxima una definición científica del amor mediante frases como: “cosita loca”, “es una droga dura o una enfermedad incurable”, “tiene cara de cerebro”, “es una emoción primaria(…) y, más allá de ser vehículo egoísta de la evolución (…) es seguramente la que más nos hace humanos”, aunque en ello reconoce su dificultad. En un juego idiomático  afirma: “Si bien se supone que no hay forma de definir y contar el amor, los diversos idiomas tienen cualquier cantidad de vocablos y variedades para todos los gustos. (….) Por si fuera poco, tenemos también la ciencia del amor” (pp.15) y luego propone una “defensa corporativa”  en donde a través de la ciencia se logre  “el análisis racional de los sentimientos y las pasiones” (pp. 15). Su tarea, como científico, consiste en develar la biología del amor mediante pruebas empíricamente comprobables y explicaciones que le otorguen validez universal. Frente a  la dificultad repite un denominador común en donde termina equiparando “la naturaleza del amor” a  su “primo lujurioso: el sexo” (pp. 16);  como también apela a la reproducción como una estrategia biológica en que la especie humana logra perpetuar sus genes. Cuando refiere a la elección de la pareja o “media naranja” combina, como plantea Sztajnszrajber, la idea de amor “como plenitud (…) como estadio final de toda búsqueda, (….)  una idea de amor heteronormativa, monogámica, patriarcal y sexual; (…) una intrincación del amor con la sexualidad, la reproducción y el matrimonio” (pp. 126). 
De esta forma el libro deviene en una trampa determinista en donde el amor, como condición humana, es derivado de la naturaleza biológica de los individuos. Gould (2003) ofrece la posibilidad de entender que ello proviene de cuatro cuestiones vinculadas a tradiciones filosóficas: el reduccionismo, la reificación, la dicotomización y la jerarquización. Tomo estos cuatro tópicos para analizar cómo se van imbricando en un lenguaje sencillo y ameno cargado de explicaciones teleológicas. Este tipo de explicación utilizado frecuentemente en la biología opera de la siguiente forma: el objetivo (asegurar la perpetuidad de la especie) de cierto proceso (la reproducción) se usa para explicar el proceso en sí. Y en dicho proceso el amor termina siendo un medio para alcanzar el fin.
Dice Golombek: “¿qué es el amor sino una serie de reacciones fisiológicas? (….) Pues bien: ni más ni menos (…) neurotransmisores, olores y estimulaciones químicas” (pp.13). Más adelante plantea: “Se dice que los buenos amantes son aquellos que pueden estimular al órgano sexual por excelencia: el cerebro (….). Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo a la vida: ganglios, ínsula, cíngulo” (pp.51). Frases de este tipo expresan un claro reduccionismo reificante que juega en un doble sentido: por un lado, el concepto  abstracto “amor” es convertido en una entidad concreta como el “enamoramiento”. Así logra caracterizar biológicamente sus componentes y al reducirlos a la acción de mecanismos físico-químicos de regulación neuroendocrina puede localizarlo como parte de un proceso corporal. Siguiendo la línea de la Neurociencia que sostiene que todo se localiza en el cerebro, deduce que al activarse determinadas zonas cerebrales se liberan neurotransmisores (dopamina, serotonina) y hormonas (oxitocina, testosterona) que generan respuestas específicas durante el enamoramiento (aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración, etc.). Esos “síntomas del amor” activan el deseo y el placer generando mecanismos de recompensa similar a cualquier adicción. De esta manera, el amor se convierte en un estado indivisible de nuestro cerebro. 
La dicotomización la sitúa en las categorías de género expresadas en  la dualidad varón/mujer. Golombek afirma: “Los nenes con los nenes (y con los autitos, la pelota, y las espadas). Las nenas con las nenas (y con sus muñecas, pulseras y vestidos). (…) los nenes con las ciencias y las matemáticas y las nenas …a lavar los platos. (…) Hay algo de cierto en esto: las diferencias de género en cuanto a gustos, aptitudes y desarrollo son reales, así como la arquitectura de sus cerebros” (pp27).  Esta división asume que los roles de género poseen una base sexual y los presupone en términos de temperamento y de habilidades cognitivas que asignan funciones económicas, culturales y sociales. Según Lewontin, Rose  & Kamin (1987) las dicotomías se muestran como un estado alternativo de todo individuo; lo femenino o masculino es innato y queda determinado por los genes. Desde esa lógica sostiene la naturalización de roles y apela a la selección natural en correspondencia con modelos culturales distintivos. Así justifica ideológicamente que las distinciones sociales son naturales porque la sociedad necesita de hombres dominantes, competitivos y productivos como de mujeres dependientes, cooperativas, dedicadas a la procreación y al cuidado de su descendencia.  
Del mismo modo, recurre a la sociobiología para establecer un paralelismo entre las sociedades humanas y las no humanas (primates, roedores, aves, escarabajos, etc.) que le permita explicar los comportamientos sociales vinculados a la atracción, a la belleza y a la elección de la pareja.  Dice: “(…) la biología, (…) intenta dar parámetros de atracción y belleza que vayan más allá de pautas sociales y culturales” (pp. 95). El “más allá” es la clave con la que establece una  jerarquización escalar para una variación compleja y multicausal. Mediante factores objetivos hace valer los parámetros, proporciones y promedios que establecen una norma de belleza universal para la especie humana;  asociada a la juventud, la fertilidad, la salud y los recursos según un modelo eurocéntrico. De esta manera, bajo ideales racializados establece estándares de belleza hegemónicos que permiten elegir la pareja, pero enmascara la creciente mercantilización de los cuerpos según las imposiciones culturales. Asimismo quienes no quedan dentro de la normalización, son excluidos de encontrar “su tránsito hacia la fertilidad”.  Si bien reconoce su “costado cultural” sostiene que la capacidad de supervivencia de la especie humana queda fijada por su acervo biológico cuando se logra maximizar el éxito reproductivo.
Finalmente, una representación del amor encadenada únicamente a la biología no sólo deshumaniza sino también naturaliza las trampas deterministas. Por lo tanto, resulta deseable y necesario desarmar estas tramas para dar lugar a otras interpretaciones sobre la naturaleza humana,  apelando a una dialéctica que considere lo biológico y lo social como esferas ontológicamente coexistentes.

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