Del escurridizo y endemoniado Amor; Lucas Verduga Santillán
Del escurridizo y endemoniado Amor
Erótica, Heurística y Dialéctica en Platón
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, se pregunta Andrés Calamaro en los albores del siglo XXI. Esta pregunta - que nos persigue desde el surgimiento mismo de la filosofía - esconde la forma paradigmática de la pregunta socrática por antonomasia, “¿Qué es X?”, y por lo tanto no escapa del triste final aporético que signa, sobre todo, a los diálogos platónicos de juventud. ¿Qué es el Amor? ¿Un cierto arrebato, una ilusión, un frenesí? ¿La causa primordial o principio de Todo, un afán de trascendencia, una dulce condena? “Dios es amor”, dirán los cristianos, con la prístina simpleza del dogma. “No se puede vivir del amor”, responde Andrés, escéptico, ateo, rockeramente materialista.
El título mismo de este encuentro, “El Amor en nuestras representaciones”, nos sitúa en la clásica disyuntiva filosófica que se pregunta sobre el Ser de las cosas. ¿Vamos a hablar sobre el Amor o sobre nuestras Representaciones del amor? Podemos pararnos del lado de Schopenhauer que sostiene que “el mundo es mi representación”, o podemos quedarnos del lado de Platón, que sostiene que más allá de mi representación está la esencia, la Idea de la cosa, la cosa en sí. ¿Existe el Amor en sí? En principio ésta es una pregunta baladí para quien alguna vez se haya sentido enamorado. Siguiendo lo que decía ayer nuestro amigo Darío Z en un periódico trompetista de distribución masiva: “el amor hay que hacerlo, no pensarlo”. Y entonces estaríamos ahora en una muy bonita orgía en vez de estar en este respetable y algo aburrido (en comparación a la orgía, claro) “Simposio acerca del Amor”. Y sin embargo, ¿para qué pensar el Amor? Son muchos los argumentos válidos para sostener que es provechoso hacerlo (digo, “pensar el amor”), pero hay uno que se nos aparece como fundamental: no podemos prescindir hablar del Amor cuando intentamos encontrarle un sentido a la vida. Esto es, el amor es un tema esencialmente metafísico.
Ahora bien, ¿de qué habla Platón cuando habla de Amor? Lo primero que tenemos que decir es que indudablemente está hablando de nuestras representaciones del amor. Esto que estamos realizando hoy aquí es de hecho muy similar a lo que hicieron Sócrates, Agatón, Alcibíades y el resto de los presentes durante el Banquete o Simposio. Pero Platón no habla de la Idea de Amor. De hecho, en ninguno de sus diálogos habla jamás de Ideas, puesto que no podría hacerlo. ¿Por qué? La respuesta queda magistralmente graficada en República, a través de la Alegoría de la Caverna: somos prisioneros atados de pies y manos inmersos en el ámbito de la Opinión, en donde sólo tenemos acceso a las sombras de las representaciones de las cosas en sí. Es decir, mientras somos prisioneros, “el mundo es mi representación”. La filosofía, motorizada por el amor al saber, intentará liberarnos de esta “dulce condena”, y nos forzará a pensar sobre nuestras representaciones, empujándonos a la comprensión de que no son más que eso, representaciones, para luego reconstruirlas o reforzarlas hasta que lleguen a ser “opiniones verdaderas”, y recién allí, en un acto erótico amoroso, nos conducirá a la visión hipotética de las ideas, método que nos permitirá llegar a ciertas conclusiones y que luego usaremos como peldaños para ascender a la contemplación del Ser. Esta imagen es, para mí, de un erotismo inigualable. Ahora bien, ¿es posible lograrlo?¿Podemos ascender hasta alcanzar la intelección de, por ejemplo, la Idea de Amor?
En el discurso de Sócrates - que a su vez refiere a lo que le fue dicho por Diotima, mujer sabia y conocedora de las cosas de Eros - podemos observar claramente una nueva representación del Amor. En ella se lo describe no ya como un Dios - puesto que queda demostrado que Eros es necesariamente el deseo de lo que no se tiene, deseo de lo bello y de lo bueno, y por lo tanto, no puede ser él mismo ni bello ni bueno – sino como un daimon, una entidad intermedia entre lo divino y lo humano. Para ello se hace referencia al mito de su nacimiento, como hijo de Poros y Penía, y se lo caracteriza como “siempre pobre”, “duro y sucio, anda descalzo y no tiene casa; duerme en el piso destapado”, “acostumbrado siempre a la indigencia”, “es valeroso, resuelto, ardoroso, experto cazador”, “siempre está urdiendo alguna trama, se pasa la vida filosofando, es un mago experto, un hechicero, un sofista”, “está en medio de la sabiduría y la ignorancia”. Y aquí aparece el rol del amor en el trayecto filosófico. Ni el sabio ni el ignorante desean el conocimiento, el primero porque ya lo posee, el segundo porque ni siquiera sabe que le falta. Es aquel que está entre la sabiduría y la ignorancia el que sentirá Amor. Amor por lo bello, que es necesariamente amor por lo bueno. ¿Y por qué todos sentimos deseo de poseer lo bueno para siempre? Pues porque poseer lo bueno nos da felicidad. ¿De qué nos sirve el Amor y que tenemos que hacer para ser felices por siempre? En primer lugar se aclara que el Amor no busca poseer lo bello, sino engendrar en lo bello (bueno). Y se puede engendrar tanto con el cuerpo como con el alma. Así, podremos amar para tener hijos, amar para tener conocimiento. De lo erótico pasamos a lo heurístico, ya que anhelamos encontrar, descubrir o engendrar bellos y buenos razonamientos. La diferencia entre poseer y engendrar es que, al dar a luz, lo mortal alcanza la mayor forma de inmortalidad de la que es capaz. Y así, el joven bien dispuesto será guiado desde muy temprano para amar no solo a los cuerpos bellos y las cosas bellas, sino y sobre todo, a las almas bellas, y tratando con ellas se colmará de discursos sobre la virtud y sobre cómo debe comportarse el hombre, y se volverá “hacia el vasto mar de lo bello y, contemplándolo, dará a luz a muchos bellos y magníficos razonamientos y pensamientos en un generoso amor por la sabiduría, hasta que, fortalecido, ya maduro, advierta que hay cierto conocimiento único”, “de lo que siempre existe en sí, por sí y para sí”. Y aquí llegamos a un punto clave:
“Quien haya sido guiado en el terreno erótico hasta este punto, tras contemplar en orden y adecuadamente las cosas bellas, cuando alcance la perfección de la experiencia erótica, advertirá de pronto algo asombroso, bello por naturaleza, aquello por lo cual, Sócrates, tuvieron sentido las anteriores fatigas”.
Se nos presenta aquí un camino, en el que hay que ser guiado, que va desde las cosas bellas a lo bello en sí. En este trance, dirá Diotima, la vida de un ser humano es digna de ser vivida.
En otro trabajo hemos estudiado en qué consiste el recorrido filosófico presentado en la ya mencionada alegoría de la caverna, en donde el prisionero es liberado, gira la cabeza o “el ojo del alma” y se lo obliga a observar las estatuillas de las que antes solo veía su sombra. Creemos que este es el momento en donde se contemplan “en orden y adecuadamente las cosas bellas”, etapa cúlmine del “arte de pensar”. En este punto, el aspirante a filósofo debe ser arrastrado por la escarpada y áspera subida hasta lograr salir al exterior. Siempre consideramos que era algo forzoso, y sin embargo ahora vemos que al alcanzar la perfección de la experiencia erótica, advertirá de pronto la cosa en sí. Esto es, mediante la experiencia erótica repentinamente se ha salido de la caverna y se observan ideas en el plano de lo inteligible. ¿Estaremos hablando de algo así como un orgasmo intelectual?¿Describe Diotima en Banquete un recorrido diferente al que presenta Sócrates en República? El punto clave aquí es el paso del ámbito de la opinión al ámbito del conocimiento. En el Símil de la Línea Sócrates presenta el método matemático, en donde se toman como imágenes los objetos del segmento superior del ámbito sensible para utilizarlas como hipótesis y así poder desarrollar deductivamente un razonamiento. El ejemplo es el de los geómetras, que utilizan el diagrama de un círculo para pensar el círculo en sí. De lo sensible a lo inteligible. Una vez alcanzada esta etapa, si aplica el método dialéctico, para tratar a las ideas ya no como hipótesis sino como verdaderos principios para, utilizándolos como peldaños, llegar a la idea del Bien, fundamento último de toda realidad y verdad. Proceso aséptico, frío y poco amoroso si los hay.
“El amor hay que hacerlo, no pensarlo”. El quehacer filosófico nos permite parir pensamientos, cuales hijos ideales que nos garantizan la inmortalidad. Y no hay embarazo sin orgasmo. Si encontramos aquí una experiencia dichosa, pues bien vale la pena vivir la vida. Y si no, habrá que seguir buscando.
Comentarios
Publicar un comentario