Amor-odio, indiferencia hoy; Sonia Malah

Amor-odio, indiferencia hoy


  Para abordar el tema, tomaré dos series de Netflix, Millenials y Shtisel, para analizar la problemática de los afectos en la actualidad. Dos mundos con valores que se contraponen.
  Shtisel de origen israelí. Se desarrolla en Jerusalén y cuenta la historia de una familia judía ultraortodoxa. Akiva, uno de los protagonistas, es un artista joven que no se atreve a dejarse llevar por su deseo, que es pintar. El, al igual que otros personajes de la serie, cargan con el peso de los mandatos familiares y sociales. Sienten culpa constantemente. La obediencia a los preceptos religiosos es extrema. Su padre, Shulem Shtisel, hace cumplir los mandamientos a raja tabla. Y se somete a ellos con el mismo fervor con que lo hacen sus hijos y demás integrantes de la familia. Asimismo, vela por todos ellos. A pesar de su rigidez, busca la forma de ayudar en lo que le sea posible y muestra una faceta tierna de su personalidad.
  En Millenials, ocurre lo contrario. Son seis los protagonistas: Flor, Alma, Ariana, Juanma, Benja y Rodrigo. Parecen tener la misma edad que Shtisel. Son argentinos y viven en la ciudad de Buenos Aires. Todo lo que desean, lo realizan, sin medir consecuencias. Para ellos, no existe la compasión, ni la vergüenza, ni el asco. Sexo, drogas, ocio extremo, culto al cuerpo, son los ejes centrales. Los lazos de “amistad” no saben de fidelidad, compromiso. Entre ellos, no hay un verdadero sentimiento de arrepentimiento posterior a un acto de traición. Trabajan en un lugar compartido, bajo un sistema que llaman coworking. Los personajes están convencidos de que trabajan cuando en realidad no producen nada. Consumen todo el tiempo. La omnipotencia está presente en los seis. No creen en el castigo como consecuencia de sus actos. A tal punto, que uno de ellos, Benja, comete delitos por los cuales cree que no existen consecuencias y termina preso.
  Repiten los mismos errores una y otra vez. No aprenden de la experiencia. Son impulsivos. Pasan del amor al odio extremos. No pueden construir sin destruir. No tienen paz.
  Los pocos adultos que aparecen en escena, son malos referentes. De la mayoría de los personajes se desconoce su árbol genealógico. No hay hermanos ni padres presentes en el discurso de ellos. En un momento se hace referencia a la muerte de la tía de Alma. En lugar de sentir dolor, esta joven se enoja porque considera inoportuna la fecha elegida por la hermana de su madre para irse de este mundo. Recibe dinero y propiedades en herencia, le presta a Rodrigo parte de este capital para que él salde la deuda contraída en la empresa luego de la muerte de su padre. Este, en lugar de utilizarla como es debido, decide jugarla en apuestas a las carreras de caballo y la pierde. A raíz de esto da a conocer que tiene problemas con el juego desde hace tiempo. 
  Gastan mucho y no producen. Algunos viven del dinero de sus padres. Otros, mantienen un ritmo de vida muy caro y no se sabe de dónde obtienen los recursos necesarios para costear los gastos.
  En el edificio donde dicen trabajar, hay un gimnasio y un sauna. Son frecuentes las escenas de seducción y sexo en esos lugares. Los personajes se arriesgan a quedar al descubierto pero no les importa. No le temen al exhibicionismo.
  No existe una ley a la cual someterse. Cada uno es su propia ley. No hay barreras internas que detengan relaciones sexuales prohibidas, promiscuas, perversas.
  No hay amor, si se lo entiende como un afecto que conlleva respeto, cuidado al otro, compasión, hacerse cargo.
  Si tenemos en cuenta la primera tópica o primer modelo de aparato psíquico elaborado por Freud a fines del siglo XIX, la lógica del sistema Icc prevalece por sobre el sistema Percepción-Conciencia. Los personajes viven sometidos a sus deseos, fantasías, sin medir consecuencias en la realidad material. Se rigen por lo que Freud denomina principio de placer, no el de realidad. Los mecanismos de defensa puestos en juego son muy primitivos. Imperan la idealización, la negación, la proyección de los afectos en los otros. Es por ello que en lugar de sentir culpa por los actos cometidos, ponen en otros la responsabilidad de los hechos.
  Predominan los actos impulsivos por sobre el pensamiento. En momentos de desesperación, en lugar de elaborar la angustia tratando de poner en palabras para encontrar sentidos posibles, los personajes descargan su tensión con sexo desenfrenado, drogas que anestesian, viagra para asegurar el éxito, ejercicios fuertes en el gimnasio. No se dan tiempo para elaborar duelos, para aceptar pérdidas, para planificar acciones.
  Teniendo en cuenta la segunda tópica freudiana, del año 1920, que concibe al aparato psíquico como compuesto por tres instancias, el yo, el ello y el Superyó, la explicación puede enriquecerse. Es el yo el encargado de mediar entre las exigencias de la realidad interna y la realidad externa. A mayor fortaleza yoica, mayor capacidad del sujeto para vérselas con aquellos impulsos y caprichos que lo conducen inevitablemente al riesgo, la desgracia o daños hacia la propia persona o hacia otros.
  El creador del Psicoanálisis distingue un yo ideal de un yo realidad y de un ideal del yo. El yo ideal es una formación intrapsíquica caracterizada por la omnipotencia infantil, esencialmente narcisista. Predomina el mecanismo de idealización. Los vínculos con los otros se transforman en algo irreal. Se los ama exacerbadamente por lo que no son. Se les adjudican propiedades que éstos no tienen. Y cuando la realidad externa obliga al sujeto a despojar al otro de los valores adjudicados, viene la desidealización, la desilusión y el consecuente odio. El yo no es lo suficientemente fuerte. Necesita de otro idealizado que lo proteja, que lo salve del desamparo. Uno de los personajes, sufre de ataques de pánico; otro se asume como bipolar. Le aconsejan consultar a un psiquiatra pero ella responde: “No tengo arreglo. Esto me pasa desde que era chica. Por ahí estoy muy bien y al rato me siento muy mal.”
  El Superyó es la instancia que tiene como funciones la conciencia moral, la autoobservación y la formación de ideales. No podemos decir que los personajes de Milenialls carecen de conciencia moral. En lugar de ello, creo que los ideales que lo comandan son imposibles de alcanzar, de satisfacer. Es por ello que este Superyó se convierte en un tirano que exige a los sujetos el éxito constante. Obliga al goce hasta niveles de padecimiento insoportable. Ejemplo de ello es la necesidad de consumir Viagra para no fallar y evitar mostrarse inútil al partenaire. Como expresé antes, los personajes no tienen paz. Las exigencias internas son tan altas que terminan siendo mortíferas.
  No hay autoobservación. Ningún acto que produzca una consecuencia negativa es asumido. O se externaliza la culpa y se adjudica a otro, o se minimiza o se busca justificarlo. No hay, por lo tanto reparación posible.
  Hay manipulación al otro sin límites. Benja decide tener hijos con los embriones congelados de él y su novia, supuestamente muerta, para poder cobrar la herencia de su suegro. Ambición sin límites sin remordimientos.
  El Ello es el reservorio primario de la energía psíquica. Freud lo define como el polo pulsional de la personalidad. Allí impera el caos. Sus contenidos son totalmente inconcientes. El Ello entra en conflicto con el Yo y el Superyö porque no tiene miramientos con la realidad. Busca satisfacerse en forma ciega.
  La función de la memoria es llevada a cabo por el Yo. Pero si éste está sometido al Ello, la experiencia de fracasos anteriores no es suficiente para evitar caer en los mismos errores una y otra vez.
  En el año 1915, en el artículo “Pulsiones y destinos de pulsión”, Freud escribe: “La mudanza de una pulsión en su contrario (material) sólo es observada en un caso: la trasposición de amor en odio. Puesto que con particular frecuencia ambos se presentan dirigidos simultáneamente al mismo objeto, tal coexistencia ofrece también el ejemplo más significativo de una ambivalencia de sentimientos.
(…)
  El amar no es susceptible de una sola oposición, sino de tres. Además de la oposición amar-odiar, hay la que media entre amar y ser-amado, y, por otra parte, amar y odiar tomados en conjunto se contraponen al estado de indiferencia. (…) amarse a sí mismo, lo cual es para nosotros la característica del narcisismo. (…)
  (…) Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, -se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces hablamos también de la «atracción» que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que «amamos» al objeto. A la inversa, cuando el objeto es fuente de sensaciones de displacer, una tendencia se afana en aumentar la distancia entre él y el yo, en repetir con relación a él el intento originario de huida frente al mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la «repulsión» del objeto, y lo odiamos; (…).
  (…) Cuando el vínculo de amor con un objeto determinado se interrumpe, no es raro que lo remplace el odio, por lo cual recibimos la impresión de que el amor se muda en odio.” (…) (2, págs. 127-134)
  Juanma pasa de un amor idealizado, infantil hacia Flor, a un odio sin límites cuando ella le dice que no quiere casarse con él. Lamentablemente, ella no ha encontrado otra forma de deshacer el compromiso que gritándole, delante de otros, que le ha sido infiel. Flor, con esta acción ha buscado dañarlo sin piedad, humillarlo y destruirlo porque ella se odia también.
  Con el advenimiento del Superyó, en la infancia, se erigen los diques morales: el asco, la vergüenza y la compasión. Son la consecuencia del sepultamiento del Complejo de Edipo. El éxito o fracaso en la construcción de dichos diques dependerá de cómo el niño y la niña se relacionaron con los adultos significativos. Los modelos de identificación son fundamentales en este proceso. La internalización de los preceptos y formas de relacionarse con las personas significativas de la infancia servirán de patrón para futuros vínculos y formación de los ideales.
  Los modelos de identificación han sido muy diferentes para los personajes de las dos series de Netflix. En el caso de Shtisel, los adultos han posibilitado la obediencia a una autoridad construida que prohíbe pero que también autoriza. Todos los personajes se someten a una ley universal. Obedecen por temor pero también por amor.
  En Millenialls, en cambio, cada uno es su propia ley, dado que los adultos mayores presentes que sirvieron de modelos identificatorios no se someten a la ley sino que la encarnan. Y los otros están ausentes y no se habla de ellos.
  Aunque hablamos de personajes ficticios extraídos de series televisivas, con características resaltadas al extremo, en la realidad cotidiana encontramos sujetos que tienen algunos rasgos similares.
  ¿Cómo hemos llegado a generar seres humanos con estas características? ¿Qué valores han recibido estos millenials a lo largo de su vida para estar tan anestesiados e indiferentes a las necesidades de sus semejantes? Aman y odian con una intensidad exacerbada y son indiferentes a los que no les sirven para satisfacer sus necesidades más primitivas, netamente corporales. No crean lazos verdaderos. Sólo encuentros para satisfacer necesidades narcisistas. No se reconoce al otro en su alteridad.
  ¿Cómo podrán convivir con ellos los otros millenials, los que se someten a la ley, los que han erigido exitosamente los diques morales dentro de su aparato psíquico?
  Las pulsiones de muerte se pueden encauzar, sublimar, pero no desaparecer. Para ello, es necesaria la educación en valores desde la más temprana infancia, Sin dichos diques, no es posible la inhibición y encauzamiento de los impulsos destructivos del ser humano. Son ellos los que nos diferencian del resto de los animales. Estos carecen de conciencia moral o Superyó como para discernir las consecuencias de sus actos y sentir remordimientos.
  En la actualidad, el sentimiento de culpa en algunas personas ha sido reemplazado por la indiferencia. Da lo mismo un acto altruista que un acto cruel. Usando palabras de Freud, la libido objetal se repliega en forma de libido narcisista. El otro deja de tener valor humano para transformarse en una cosa.

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