Lenguaje y poder (o su efecto mágico); Miguel Selser
Lenguaje y poder (o su efecto mágico)
“… lo que no se tolera es que el lenguaje pueda hablar del lenguaje.”
BARTHES, Crítica y verdad, 1985
En este ir y venir entre lo que decimos a través del lenguaje y la poesía que es y que refleja la realidad; el discurso tracciona, modifica la realidad y la poesía la muestra, la espeja, la conmina a duplicarse en una imagen que no vemos. Aquí estamos, entonces tratando de captar esa realidad. ¿Es así como la vemos? ¿Las palabras reflejan sucintamente lo que vemos y la idea de esas cosas que vemos? Lo cierto es que el lenguaje, eso creemos, nos ayuda en cierta medida a crear realidad o al menos a representarnos algo de ella. Así podríamos pensar en innumerables –por no decir infinitos– pasajes literarios en donde se trata de representar una parte de realidad, por lo menos la realidad imaginaria de una ficción, como ser en “El limonero real” de Saer, donde el relato nos lleva hasta el recuerdo de un niño y su forma de representar lo que ve y de comunicarlo, leemos:
“Capaz que hay alguno también sentado en el arcón, que también me mira. Pero no estoy seguro. Hay algo que me mira desde el arcón, pero no alcanzo a ver bien. Arriba las mariposas blancas zddzzzz zac zddzzzz zac. No esnoy neguno. Nanece qunena auno nenacón neno nesnoy neguno.”
Este poder no es solo el representado ante la violencia que nos circunda, sino aquel que nos atrapa, nos agobia en el uso coloquial, en la charlatanería, en el recurso erudito de la calle. Es el poder enigmático del lenguaje iniciático de nuestra infancia el que nos pinta un mundo menos gélido y más patético. (Aquí me tomo una licencia y digo que el significado del término patético fue mutando a través del tiempo a causa del uso y de las sociedades, no lo empleo con el ánimo de mostrar un mundo “ridículo” como si provocara vergüenza ajena, sino en su acepción más antigua a esta palabra le otorgo un significado más cercano hacia algo que puede causar conmoción en el espíritu provocando sensaciones de congoja o nostalgia, desconsuelo o dolor.)
Ese es el poder del que hablamos cuando hablamos de lenguaje, el que conmociona.
Beatriz Sarlo en su ensayo “Borges, un escritor en las orillas”, trabaja algunas ideas, a tener en cuenta, apoyándose en el relato “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Cuando me encontré frente a una nueva lectura del citado cuento, mastiqué la frase de Sarlo: “es un mundo imaginario inventado por una secta secreta que opera como escritor colectivo”, insistentemente me rasqué la cabeza y pensé en Homero, como escritor colectivo, y elucubré una máquina para trasladar esa idea a este tema, aquella “Ilíada”, obra colectiva llevada a cabo por numerosos “Homeros”, a este uso colectivo, continuo, fatigoso e inconmensurable del lenguaje.
Entonces, pude apreciar, que dentro del cuento borgeano la First Encyclopedia of Tlön es una idea textual inalcanzable, infiero que es donde reside la ficción filosófica borgeana. La existencia de esa región-planeta se basa en un presupuesto “como si”, dice Sarlo, sustentado en el poder del lenguaje para producir realidad. Digo yo, ¿somos un “como si”? ¿Esta región-planeta es inventada solo con métodos discursivos?
Formado por el lenguaje, Tlön comienza a ser desde la enciclopedia –fascinación borgeana si las hay y espejo conceptual que refleja el mundo–, redactada por una secta, otra de sus preferencias de organización de lo social. Pero, cuando estoy concluyendo la lectura, me siento invadido por Tlön en esta, nuestra imperfecta realidad; diversos objetos de Tlön cruzan la línea tenue entre el mundo de palabras, presentado como texto de una enciclopedia, y el mundo de palabras postulado irónicamente como “real”, porque allí los lectores encontramos al narrador “Borges”:
“…es razonable imaginar que esas tachaduras obedecen al plan de exhibir un mundo que no sea demasiado incompatible con el mundo real. La diseminación de objetos de Tlön en diversos países complementaría ese plan… El hecho es que la prensa internacional voceó infinitamente el ‘hallazgo’.”
El “como si” que origina a Tlön revela la fuerza de ese idealismo del mundo inventado en el relato, y los objetos de ese mundo “como si” invaden la “realidad”, desdoblando el pliegue que las separa, las palabras se convierten en cosas.
Los lenguajes imaginarios están en el centro de este trabajo y de la trama narrativa del cuento. En la descripción de una de las lenguas de Tlön, el “Borges” personaje menciona el lenguaje artificial inventado por Xul Solar sobre la base de una especie de sintaxis del esperanto con un vocabulario latino, criollo y porteño, leemos:
“Surgió la luna sobre el río” Xul traduce con brevedad: Upa tras perfluyue lunó.
También, podríamos pensar en una tribu perdida en el Amazonas que nunca tuvo la necesidad de desarrollar vocablos como reloj, triángulo, automóvil o corbata. Esta comunidad demostró que el lenguaje que portaban carecía de ciertas palabras de las que no necesitaban representar alguna idea…Los lenguajes de Tlön no reflejan el mundo, sino una idea del mundo.
Además de su poder para que el caos de lo real no se transfiera al pensamiento ni contamine la experiencia, los lenguajes imaginarios tienen otra virtud: resisten el desorden que inquieta el corazón de las sociedades modernas mediante la poesía.
Estos lenguajes imaginarios, pensados en la ficción borgeana, tienen su correlato en nuestro lenguaje, como producto social para transitar este desorden.
Por ejemplo, los sofistas eran conscientes de esto y como maestros de la política y del arte del bien decir, de dar al lenguaje eficacia para deleitar, persuadir o conmover, o sea, de la retórica, se fueron convirtiendo rápidamente en hábiles manejadores de la oratoria, como fin principal de su oficio. Fabricantes de verdades, su habilidad discursiva se orientaba a la construcción de ilusiones. La pericia de estos pensadores era tan grande que podían hacer creer a sus interlocutores casi cualquier cosa.
Entonces, nos construimos a través del ejercicio del poder, que se nos muestra como una estructura osmótica que impregna a toda la sociedad, es importante reflexionar sobre si perseguimos el poder o nos dedicamos a la búsqueda de la verdad, ¿y de qué forma ejercemos el poder? ¿Cómo lo padecemos? ¿A qué apunta la búsqueda de la verdad? ¿Qué oscuros y ásperos paralelismos encontramos entre estas búsquedas y el farragoso uso del lenguaje?
Siguiendo la pesquisa, como parte del juego social, nos detenemos en la poesía, como motor emotivo-social, para distinguir algunas cuestiones. Por un lado, pareciera que el poder no está en quien detenta la palabra, sino en la palabra misma; por otro lado, vemos que el fluir del tiempo puede ocasionar dos cosas: una, que el paso del tiempo provea una pérdida de fuerza al poema o, que esas mismas palabras se enriquezcan con una nueva connotación del lector.
Para la primera cuestión notamos que en la poesía de trinchera que fluye ensangrentada durante la guerra civil española, Miguel Hernández canta:
“Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.”
Para la segunda cuestión, al connotar nos dejamos llevar nimbados de congoja por la fuerza de las palabras del payador:
“Aquí me pongo a cantar
al compás de la vigüela,
que el hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
como la ave solitaria
con el cantar se consuela.”
El cantor-poeta utiliza su poesía para decirnos que la pena que lo desvela es algo especial, algo extraordinario y en su soledad encuentra el consuelo al rasgar y cantar. Es cierto que no hay nada nuevo en releer el Poema Nacional, pero pensemos un momento en que aquel payador está utilizando el lenguaje no solo para decirnos lo que nos tiene que decir, sino también para tratar de cambiar su realidad emotiva, ahí podemos vislumbrar una nueva connotación de estos primeros versos.
En este uso del lenguaje poético vemos una similitud en Tlön, aquel imaginario lenguaje nos muestra que el sustantivo se forma por una acumulación sucesiva de adjetivos y que el verbo no es primordial, leemos:
“No se dice luna: se dice ‘aéreo-claro sobre oscuro-redondo’ o ‘anaranjado-tenue-del cielo’ o cualquier otra agregación.”
La conclusión parcial de lo anterior -y digo parcial ya que este tema no acaba aquí, pues cualquier representación que ensayemos de estos lenguajes imaginarios y del nuestro, en uso aquí, desbordaría en conceptos inabarcables- es que si bien el lenguaje no es la realidad, sí es una creación estética destinada a expresarla o, mejor, a expresar las circunstancias íntimas de los asuntos del universo, como lo sabía muy bien Dante, poeta eficaz, cuyos personajes vivían y siguen viviendo en una palabra, en un acto, renovándose en la memoria y en la imaginación de quienes leemos la “Divina Commedia".
Por eso, para Borges la poesía (o el lenguaje poético) está más cerca de la palpable realidad que la prosa, aunque es apropiado recordar que ésta bien puede tener rasgos y características de la poesía.
Es entonces que podemos percibir esta magia, este divino poder que le otorgamos a las palabras, ¿le otorgamos o ya la portan?, en el cuento, la secta le otorga cierto poder a esa cosa, ellos han dejado para nosotros la misión de nombrar singularmente algunas cosas con la simpleza de los sustantivos…Luna.
En "Historia del tango" Borges deja entrever un aspecto, y solo uno, de la eficacia de lo poético. La característica que florece como fundamento de la eficacia poética es la percepción y transmisión genuina de las emociones ante la proximidad, la cercanía de las cosas, es decir, la expresión en palabras –en este caso las letras de algunos tangos– de lo que motivan las emociones, o sea: las circunstancias esenciales o íntimas de las cosas:
“…la sospecha o la certidumbre de que la verdadera poesía de nuestro tiempo no está en la Urna de Banchs o en Luz de provincia de Mastronardi, sino en las piezas imperfectas humanas que se atesoran en El alma que canta. Esta suposición es melancólica.”
Para finalizar, ese poder mágico que de un modo inseparable de su esencia la poesía lleva adelante y releyendo estas ideas borgeanas, pienso (él también lo hace pero de otra manera), en la emoción que emana de la poesía quedando evidenciada en el preciso momento en que el lector se sumerge en el texto o se le pianta un lagrimón con un tangazo.
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